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Material compilado y revisado por la educadora argentina Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com) LEYENDA:
"Se cuenta del tero..."
Ganaban
mucho con sus ventas y tenían como principales
clientas a las vizcachas, señoras bien coquetas que
estrenaban trajes todos los días. Los teros, que no sabían administrar lo que tenían, comenzaron a fiarles todo lo que les vendían. Ellas así seguían comprando y comprando y ellos, fiando y fiando. Las deudas se hicieron tan abultadas, que los pobres teros sin poder cobrar esas enormes cuentas, se vieron obligados a cerrar el negocio, volviéndose "más pobres que una laucha", como dice el refrán. Sólo les quedaron los chalecos y las bombachas, que cuidaban muy especialmente caminando siempre derechitos para no ensuciarlas.
Cada vez que recordaban en las vizcachas se
agarraban la cabeza y gritaban como locos. Habían pensado
organizarse en parejas y llegar hasta sus cuevas para
sacarles las telas o cobrarles las cuentas, pero ese día
no llegaba nunca.
Entre tanto, a las vizcachas se les habían
terminado los vestidos, ¡hacía tanto que no compraban!
La verdad es que andaban tan rotosas t desarregladas que sólo
salían de sus casas a la noche. Los teros sabían que en ese momento podían encontrarlas y, cuando se aproximaban, bien enojados, gritaban fuerte: "¡Teruterú!, teré, Mi género... mi género, mi género!". Las vizcachas entonces huían a esconderse.
No querían
ser vistas tan rotosas, tampoco el padre de ellas, que
sentía mucha vergüenza y reprendía a su mujer y a sus
hijas diciéndoles: "Vizcachas rotosas, no tienen
vergüenza, no tienen vergüenza". Desde entonces las vizcachas quedaron condenadas a salir de noche y los teros se quedaron con los chalecos negros y las bombachas blancas y lloraron mucho, por eso le quedaron los ojos enrojecidos para siempre. Creencias
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