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Material compilado y revisado por
la educadora argentina Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com)
EL
LORO PELADO
de
Horacio Quiroga
(de "Cuentos de la Selva")
Había una vez una banda de loros que vivía en el monte.
De mañana temprano iban a comer choclos a la chacra, y de
tarde comían naranjas. Hacían gran barullo con sus gritos,
y tenían siempre un loro de centinela en los árboles más
altos, para ver si venía alguien.
Los loros son tan dañinos como la langosta, porque abren
los choclos para picotearlos, los cuales, después, se
pudren con la lluvia. Y como al mismo tiempo los loros son
ricos para comer guisados, los peones los cazaban a tiros.
Un día un hombre bajó de un tiro a un loro centinela, el
que cayó herido y peleó un buen rato antes de dejarse
agarrar. El peón lo llevó a la casa, para los hijos del
patrón, los chicos lo curaron porque no tenía más que un
ala rota. El loro se curó muy bien, y se amansó
completamente. Se llamaba Pedrito. Aprendió a dar la pata;
le gustaba estar en el hombro de las personas y con el pico
les hacía cosquillas en la oreja.
Vivía suelto, y pasaba casi todo el día en los naranjos y
eucaliptos del jardín. Le gustaba también burlarse de las
gallinas. A las cuatro o cinco de la tarde, que era la hora
en que tomaban el té en la casa, el loro entraba también
en el comedor, y se subía con el pico y las patas por el
mantel, a comer pan mojado en leche. Tenía locura por el té
con leche.
Tanto se daba Pedrito con los chicos, y tantas cosas le decían
las criaturas, que el loro aprendió a hablar. Decía:
"¡Buen día. lorito!..." "¡Rica la papa!..."
"¡Papa para Pedrito!..." Decía otras cosas más
que no se pueden decir, porque los loros, como los chicos,
aprenden con gran facilidad malas palabras.
Cuando llovía, Pedrito se encrespaba y se contaba a sí
mismo una porción de cosas, muy bajito. Cuando el tiempo se
componía, volaba entonces gritando como un loco.
Era, como se ve, un loro bien feliz, que además de ser
libre, como lo desean todos los pájaros, tenía también,
como las personas ricas, su five o'clock tea.
Ahora bien: en medio de esta felicidad, sucedió que una
tarde de lluvia salió por fin el sol después de cinco días
de temporal, y Pedrito se puso a volar gritando:
-"¡Qué lindo día, lorito!... ¡Rica papa!... ¡La
pata, Pedrito!..."-y volaba lejos, hasta que vio debajo
de él, muy abajo, el río Paraná, que parecía una lejana
y ancha cinta blanca. Y siguió, siguió, siguió volando,
hasta que se asentó por fin en un árbol a descansar.
Y he aquí que de pronto vio brillar en el suelo, a través
de las ramas, dos luces verdes, como enormes bichos de luz.
-¿Qué será?-se dijo el loro-. "¡Rica, papa!..."
¿Qué será eso?... "¡Buen día, Pedrito!..."
El loro hablaba siempre así, como todos los loros,
mezclando las palabras sin ton ni son, y a veces costaba
entenderlo. Y como era muy curioso, fue bajando de rama en
rama, hasta acercarse. Entonces vio que aquellas dos luces
verdes eran los ojos de un tigre que estaba agachado, mirándolo
fijamente.
Pero Pedrito estaba tan contento con el lindo día, que no
tuvo ningún miedo.
-¡Buen día, tigre!-le dijo-. "¡La pata, Pedrito!..."
Y el tigre, con esa voz terriblemente ronca que tiene le
respondió:
-¡Bu-en-día!
-¡Buen día, tigre! -repitió el loro-. "¡Rica papa!...
¡rica papa!... ¡rica papa!..."
Y decía tantas veces "¡rica papa!" porque ya
eran las cuatro de la tarde, y tenía muchas ganas de tomar
té con leche. El loro se había olvidado de que los bichos
del monte no toman té con leche, y por esto lo convidó al
tigre.
-¡Rico té con leche!-le dijo-. "¡Buen día, Pedrito!..."
¿Quieres tomar té con leche conmigo, amigo tigre?
Pero el tigre se puso furioso porque creyó que el loro se
reía de él, y además, como tenía a su vez hambre se
quiso comer al pájaro hablador. Así que le contestó:
-¡Bue-no! ¡Acérca-te un po-co que soy sordo!
El tigre no era sordo; lo que quería era que Pedrito se
acercara mucho para agarrarlo de un zarpazo. Pero el loro no
pensaba sino en el gusto que tendrían en la casa cuando él
se presentara a tomar té con leche con aquel magnífico
amigo. Y voló hasta otra rama más cerca del suelo.
-¡Rica papa, en casa! -repitió, gritando cuanto podía.
-¡Más cer-ca! ¡No oi-go!-respondió el tigre con su voz
ronca.
El loro se acercó un poco más y dijo:
-¡Rico té con leche!
-¡Más cer-ca toda-vía!-repitió el tigre.
El pobre loro se acercó aun más, y en ese momento el tigre
dio un terrible salto, tan alto como una casa, y alcanzó
con la punta de las uñas a Pedrito. No alcanzó a matarlo,
pero le arrancó todas las plumas del lomo y la cola entera.
No le quedó una sola pluma en la cola.
-¡Tomá! -Rugió el tigre-. Andá a tomar té con leche...
El loro, gritando de dolor y de miedo, se fue volando, pero
no podía volar bien, porque le faltaba la cola que es como
el timón de los pájaros. Volaba cayéndose en el aire de
un lado para otro, y todos los pájaros que lo encontraban
se alejaban asustados de aquel bicho raro.
Por fin pudo llegar a la casa, y lo primero que hizo fue
mirarse en el espejo de la cocinera. ¡Pobre Pedrito! Era el
pájaro más raro y más feo que puede darse, todo pelado,
todo rabón y temblando de frío. ¿Cómo iba a presentarse
en el comedor; con esa figura? Voló entonces hasta el hueco
que había en el tronco de un eucalipto y que era como una
cueva, y se escondió en el fondo, tiritando de frío y de
vergüenza.
Pero entretanto, en el comedor todos extrañaban su
ausencia:
-¿Dónde estará Pedrito?-decían. Y llamaban: ¡Pedrito!
¡Rica papa, Pedrito! ¡Té con leche, Pedrito!
Pero Pedrito no se movía de su cueva, ni respondía nada,
mudo y quieto. Lo buscaron por todas partes, pero el loro no
apareció. Todos creyeron entonces que Pedrito había
muerto, y los chicos se echaron a llorar.
Todas las tardes, a la hora del té, se acordaban siempre
del loro, y recordaban también cuánto le gustaba comer pan
mojado en té con leche. ¡Pobre Pedrito! Nunca más lo verían
porque había muerto.
Pero Pedrito no había muerto, sino que continuaba en su
cueva sin dejarse ver por nadie, porque sentía mucha vergüenza
de verse pelado como un ratón. De noche bajaba a comer y
subía en seguida. De madrugada descendía de nuevo, muy
ligero, e iba a mirarse en el espejo de la cocinera, siempre
muy triste porque las plumas tardaban mucho en crecer.
Hasta que por fin un día, o una tarde, la familia sentada a
la mesa a la hora del té vio entrar a Pedrito muy
tranquilo, balanceándose como si nada hubiera pasado. Todos
se querían morir, morir de gusto cuando lo vieron bien vivo
y con lindísimas plumas.
-¡Pedrito, lorito!-le decían-. ¡Qué te pasó, Pedrito!
¡Qué plumas brillantes que tiene el lorito!
Pero no sabían que eran plumas nuevas, y Pedrito, muy
serio, no decía tampoco una palabra. No hacía sino comer
pan mojado en té con leche. Pero lo que es hablar, ni una
sola palabra.
Por eso, el dueño de casa se sorprendió mucho cuando a la
mañana siguiente el loro fue volando a pararse en su
hombro, charlando como un loco. En dos minutos le contó lo
que había pasado: Un paseo al Paraguay, su encuentro con el
tigre, y lo demás; y concluía cada cuento cantando:
-¡Ni una pluma en la cola de Pedrito! ¡Ni una pluma! ¡Ni
una pluma!
Y lo invitó a ir a cazar al tigre entre los dos.
El dueño de casa, que precisamente iba en ese momento a
comprar una piel de tigre que le hacía falta para la
estufa, quedó muy contento de poderla tener gratis. Y
volviendo a entrar en la casa para tomar la escopeta,
emprendió junto con Pedrito el viaje al Paraguay.
Convinieron en que cuando Pedrito viera al Tigre, lo
distraería charlando, para que el hombre pudiera acercarse
despacito con la escopeta.
Y así pasó. El loro, sentado en una rama del árbol,
charlaba y charlaba, mirando al mismo tiempo a todos lados,
para ver si veía al tigre. Y por fin sintió un ruido de
ramas partidas, y vio de repente debajo del árbol dos luces
verdes fijas en él: eran los ojos del tigre.
Entonces el loro se puso a gritar:
-¡Lindo día!... ¡Rica papa!... ¡Rico té con leche!...
¿Querés té con leche?. ..
El tigre enojadísimo al reconocer a aquel loro pelado que
él creía haber muerto, y que tenía otra vez lindísimas
plumas, juró que esa vez no se le escaparía, y de sus ojos
brotaron dos rayos de ira cuando respondió con su voz
ronca:
-¡Acer-ca-te más! ¡Soy sor-do!
El loro voló a otra rama más próxima, siempre charlando:
-¡Rico, pan con leche! ... ¡ESTA AL PIE DE ESTE ÁRBOL !
...
Al oír estas últimas palabras, el tigre, lanzó un rugido
y se levantó de un salto.
-¿Con quién estás hablando?-bramó-. ¿A quién le has
dicho que estoy al pie de este árbol?
-¡A nadie, a nadie!-gritó el loro-. "¡Buen día,
Pedrito! ... ¡La pata, lorito! ... "
Y seguía charlando y saltando de rama en rama, y acercándose.
Pero él había dicho: está al pie de este árbol para
avisarle al hombre, que se iba arrimando bien agachado y con
la escopeta al hombro.
Y llegó un momento en que el loro no pudo acercarse más,
porque si no, caía en la boca del tigre, y entonces gritó:
-"¡Rica papa! ... " ¡ATENCIÓN!
-¡Más cer-ca aun!-rugió el tigre, agachándose para
saltar.
-¡Rico, té con leche!... ¡CUIDADO VA A SALTAR!
Y el tigre saltó, en efecto. Dio un enorme salto, que el
loro evitó lanzándose al mismo tiempo como una flecha en
el aire. Pero también en ese mismo instante el hombre, que
tenía el cañón de la escopeta recostado contra un tronco
para hacer bien la puntería, apretó el gatillo, y nueve
balines del tamaño de un garbanzo cada uno entraron como un
rayo en el corazón del tigre, que lanzando un bramido que
hizo temblar el monte entero, cayó muerto.
Pero el loro, ¡qué gritos de alegría daba! ¡Estaba loco
de contento, porque se había vengado-¡y bien vengado!-del
feísimo animal que le había sacado las plumas!
El hombre estaba también muy contento, porque matar a un
tigre es cosa difícil, y, además, tenía la piel para la
estufa del comedor.
Cuando llegaron a la casa, todos supieron por qué Pedrito
había estado tanto tiempo oculto en el hueco del árbol y
todos lo felicitaron por la hazaña que había hecho.
Vivieron en adelante muy contentos. Pero el loro no se
olvidaba de lo que le había hecho el tigre, y todas las
tardes, cuando entraba en el comedor para tomar el té se
acercaba siempre a la piel del tigre, tendida delante de la
estufa, y lo invitaba a tomar té con leche.
-¡Rica papa!... -le decía-. ¿Querés té con leche?. ¡La
papa para el tigre!...
Y todos se morían de risa. Y Pedrito también.
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