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Material compilado y revisado por la educadora argentina Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com) La
leyenda del mainumby Concierto
de colores en el manantial. Las
azucenas silvestres con sus arreboladas coronas. Los
helechos de verdes sólo imaginables a la hora de escribir
estas hojas. Plantas acuáticas se regodean desparramando
sus hojas en la limpidez de la surgente. Enredaderas de
flores azules y rojas trepan a los troncos de los árboles
que se bañan en el constante salpicar de la naciente. Desde
arriba puede uno asombrarse con el espectáculo. Sólo donde
fluye el agua se puede encontrar la tremenda variedad que
ahora tenemos frente a nuestros ojos. Las
flores más pequeñas, blancas como perlas o los racimos de
flores que caen de las orquídeas gigantes, todas las
plantas aportan su instrumento como si fuera esto un gran
concierto de colores cuyo único rumor saliera del agua que
salta de la roca espontáneamente, del agua que sube en la
savia de las plantas, del agua que surge en la transpiración
de las hojas. El
agua. Siempre el agua. No
lejos de allí, descansa Itakuéra
con su dulce hija y dos de sus criadas. Descansa
bajo la sombra de un samu’u
que de vez en vez deja caer sus flores blancas y esponjosas
sobre la tierna hierba que crece a su alrededor. Ytakuéra
es madre de grandes guerreros.
Yvotyjuru es la hija más pequeña de Itakuéra. Envía
la mujer a una de sus criadas por agua al manantial. Presurosa
parte la joven llevando una calabaza hueca para traer el líquido,
pero no regresa. La
vemos allí junto a la surgente, como hipnotizada. Se diría
que está en trance. Apenas estuvo junto al agua, una sombra
juguetona llamó su atención. Una sombra que no es gris
como todas las sombras sino multicolor. Lleva prendidos en
su plumaje, pues se diría que son plumas tejidas por algún
orfebre místico lo que cubre aquel latir pequeñísimo, los
colores de aquel lugar hermoso. La
criada no regresa. Entonces
Itakuéra envía a su otra criada a ver que ha sucedido,
por qué no regresa con el agua fresca, pero ella tampoco
regresa. ¿Qué estará sucediendo allí abajo? Itakuéra
y
su hija bajan a ver lo que sucede. Llegan junto al pequeño
arroyito y encuentran a las dos criadas tal como las
describimos. Hipnotizadas por un pequeño pájaro que se
mueve inquieto de flor en flor. La fina espada de su pico ya
penetra a una azucena, ya a un jazmín, ya los pensamientos
de las criadas. Madre e hija se han quedado estupefactas
ante el ave de refulgentes colores. Las
cuatro mujeres no responden por sí mismas. Es tanta la
hermosura del pajarillo que se han quedado mudas de asombro.
Lo ven ir y venir hasta que en un momento de encantamiento
el mainumby llega
junto a la hija de Itakuéra
e introduce el pico entre los rojos labios vírgenes. Un
remolino de luz. Un aleteo incesante. Un roce infinito y la
niña traspasa las fronteras de lo humano. Ella también
vuela ahora con el mismo aspecto del pájaro que las ha
embelesado.
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