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Un picaflor

Material compilado y revisado por la educadora argentina Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com)

Un picaflor (de "Zoología Lírica" de Juan Burghi)

La tarde, alta, amplia y próxima a partir, dice su dulzura, y la dice con una luz madurada en oro tierno, o más bien, con su destilar de miel fluida que se vierte un poco cansadamente . . . Hay en cuanto nos rodea un blando gesto de lasitud y reposo, cual si todo acabara de llegar desde muy lejos y necesitara dar una tregua a la fatiga del largo viaje. Acaso también repose del excesivo calor de la jornada, como lo hace el huerto en el ambiente atemperado por la hora y por el riego recién recibido, y que él paga con ingenuo y gozoso. olor de tierra mojada, olor de intimidad, que es el olor inicial de las lluvias de estío.

Así detenida, la tarde trasciende una emoción melancólica. muy sutil, que se adentra en nosotros y nos comunica su expresión nostalgiosa, redundando lo que ya sentíamos hondamente y haciéndonos pensar en otras tardes como ésta, muy lejanas, y también en las que vendrán algún día, quizás cuando no estemos más . . . Y mientras nos abandonamos, hundiéndonos en esa suave melancolía, llega un picaflor, y la solemne grandiosidad del lugar y del momento pareciera servirle de fondo a ese minúsculo ser que nos atrae y nos subyuga.

Lo anuncia un crujir intermitente y el rumor sofocado -un roce apenas- de su motorcito de vuelo, y llega envuelto en un girar de hélices donde las alas desaparecen, dejando ver tan sólo un temblor de líneas confundidas y apenas perceptibles, como una imaginaria tela de araña... Todos los colores y matices del cielo, con todos los brillos y reflejos de la luz esmaltan su ropaje. Una fiesta de tonalidades, ante cuya esplendidez las mismas flores se sienten sorprendidas. Para acrecentar aún más ese deslumbramiento, se envuelve en el último  rayo del sol que lo enciende cual un relámpago dentro de otro relámpago, o un copo de arcoiris electrizado . . .

Ahora está frente al Jazminero en flor donde oculta su nido, un diminuto cestillo, un hoyuelo sedoso que guarda cuidadosamente dos pichoncitos recién nacidos, apenas dos gusanillos de testa abultada; casi mayor que el cuerpo... Con su rápido vuelo de helicóptero, queda suspenso frente al cáliz de cada flor que visita, antes de penetrarla con la aguja de su pico. Como impulsado por un resorte, se desprende de ella, y con la velocidad de una flecha pasa a otra. En la flor que abandona queda un estremecimiento luminoso que parece retener algo de la vida y el esplendor del ave... Al contemplarlo en la levedad de esa tarea, nadie pensaría que esas frágiles alas que parecen sostenerlo apenas -gracia y delicadeza- tienen una resistencia que les permite salvar distancias de cientos de kilómetros en una sola etapa migratoria, sobre el mar y en la oscuridad de la noche.

De pronto, en uno de esos relampagueos tornasolados, ha desaparecido para no volver . . . En la tarde queda flotando una sensación de ausencia, de olvido, y nos sorprendemos al comprobar cómo un ser tan diminuto pudo dejar ese apagamiento, esa soledad en algo tan inmensamente grande como la tarde en reposo.

 

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