"Papá se sentaba en la arena con el cuaderno, a descifrar jeroglíficos", evoca Elsa Rosenvasser Feher. Ella estudiaba física en los Estados Unidos y viajó para ayudar al padre en la primera campaña en Aksha. Junto con su madre, Paulina, hacían el inventario de la excavación.
Abogado y profesor de historia, Abraham Rosenvasser "aprendió solo a descifrar jeroglíficos, como también alemán, francés e inglés. Pero recién después de la guerra, en 1950, pudo conocer Egipto", recuerda Elsa. Tenía 63 años cuando inició la misión Aksha.
Rosenvasser hizo importantes aportes como epigrafista. Como titular de Historia Antigua I en la UBA promovió la creación de un centro que ahora es el Instituto de Historia Antigua Oriental y lleva su nombre.
Su hija Elsa se dedicó a la investigación de la física del estado sólido, luego a la docencia, y de allí derivó a la enseñanza de la ciencia a docentes. Montó y dirigió un museo interactivo de física en San Diego, y continuó trabajando en otros proyectos de divulgación de las ciencias.
Por su tarea en museos sabía de los apoyos económicos del Departamento de Conservación de la Fundación Getty. El participar ahora en la restauración y puesta en valor de la colección Aksha, afirma, "es una forma de honrar a mi padre".








