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Gisela Giménez

Cuento de Gisela Giménez

A veces pienso que la vida es solamente una cárcel con las puertas abiertas. Pero a veces olvido que en esa cárcel, también estoy, condenada a ser libre.

Eran las nueve y media en la mañana de un sábado, cuando el teléfono sonó. Las horas anteriores habían sido descontroladas, una confusión de realidad y ficción, donde las luces desdibujan los rostros entrelazados en el alcohol . La música disipaba el ritmo delirante en el humo. Las sensaciones se perdían en los movimientos a modo de euforia, y para calmarla, consumíamos sustancias que provocaban lo contrario. No podíamos evitarlo, nos dejábamos llevar por ese mar en suspensión, cometiendo errores que luego serían imposibles de remediar. Relegábamos nuestra verdadera identidad, para darle paso a otros códigos que sólo regían en las noches, y se olvidaban en el día.

A pesar de tener el cuerpo exhausto después de una noche así, y del sabor amargo que siempre me llega al día siguiente, decidí atender. La voz era conocida, una voz inconfundible incapaz de no ser registrada.

__"¿Marcos.... sos vos? ", pregunté casi sin abrir mis ojos.

__”Si... ¿vas a estar esta tarde en tu casa?", dijo él.

__" Claro, ...vení un rato..... así hablamos", fue lo único que conteste.

Después de un par de palabras intercambiadas, corté, y volví a acostarme, tratando de esa forma, que mi cabeza dejara de estallar por un rato.

Esa tarde Marcos vino más temprano que de costumbre. Estaba igual que siempre, pero noté algo diferente en su mirada; sólo los verdaderos amigos saben ver detrás de las sonrisas, el dolor reflejado en los ojos. No me  asombraba que se sintiera mal, hacía un tiempo que venía cargando con ciertos problemas: sus viejos con los cuales no podía tener comunicación alguna., dos hermanos que se habían esfumado de su presente sin dejar rastros, una necesidad impulsiva de encontrarle fundamento a su vida, y una dependencia al alcohol que lo manipulaba como a un títere.

Desde chicos solíamos tomar mates y charlar de todo un poco, nos conocíamos más el uno al otro, que a nosotros mismos. Aún, no sé si la adolescencia nos resultaba difícil, o nosotros la complicábamos, cometiendo estupideces, repitiéndolas, y no madurando nunca. Con Marcos, compartíamos una serie de ideales, unos cuantos gustos y un pasado similar. Nunca dudé ni un instante que él era un tipo de fierro, y no podía entender la actitud incomprensiva de sus padres, tal vez, la causa de esto era que ellos, realmente nunca, llegaron a conocerlo.

Las personas creemos que sólo debemos saber hablar, pero no nos damos cuenta que además, debemos saber escuchar. Vagar en un mundo donde cada uno vive inmerso en las cuatro paredes de su propio planeta, nos dejaba el camino directo a las equivocaciones, y aunque algunas nos hacían crecer, otras nos lastimaban demasiado,  condicionándonos a no intentarlo de nuevo. Porque, aunque pareciéramos grandes por fuera, en el fondo aún nos faltaba mucho para eso. Hasta inclusive el jugar constantemente con fuego era, sencillamente, un excusa para llamar la atención de aquellos que perdían la paciencia ante nuestras ejecuciones.

Mientras el tiempo seguía su curso, nosotros permanecíamos estancados en nuestro equilibrio. En un momento dado vi, de casualidad, en el piso un sobre blanco. Pregunté si le pertenecía y él aseguro con la cabeza que si. Contó que eran los análisis de rutina que se había hecho la semana pasada porque se sentía mal, tal vez estaba enfermo y eso lo preocupaba. Pero, los resultados habían llegado el día anterior y según estos sólo tenía un poco de anemia. Marcos hacía ciertos abusos, especialmente los fines de semana, pero en general era una persona sana que no había tenido grandes problemas de salud, por lo cual, no le di mayor importancia al tema de la que tenía , y decidí hablar de otra cosa que nos interesara a ambos.

Unos meses más tarde, a las nueve y media de la mañana de un sábado, el teléfono sonó. La noche del viernes había sido tranquila, mis hábitos ya no eran los mismos que un tiempo atrás, y esto no era una mera casualidad. En esas horas, no perdía el control de mis actos, ni contaminaba mi cuerpo con líquidos ni pastillas. Podía distinguir rotundamente entre lo real y lo imaginario, porque estaba consciente de cada uno de mis pasos. Tal vez, el exterior era el mismo, pero suficientes consecuencias habían hecho que lo interior comprendiera hasta que punto, estaba destruyendo lo único que tenía, lo único que era mío.

Cuando respondí el teléfono, la voz no era conocida, por el contrario era capaz de no ser registrada. Al principio su tono era claro, pero luego esta claridad se fue disipando. No necesité que terminara con la noticia que me tenía que comunicar, porque sabía que aunque no quisiera aceptarlo, eso sucedería; porque aunque quisiera que el pasado fuera el presente, racionalmente, comprendía que eso era imposible.

Llegué al lugar que me habían indicado antes de lo previsto, descendí e ingresé,  comencé a caminar por los pasillos interminables de ese edificio repleto de personas, que tal vez, estaban buscando lo mismo. En ese recorrido, varios recuerdos se proyectaron en mi mente, parecían reales, tan reales que me angustiaba saber que eran sólo imágenes destinadas a ser olvidadas en la memoria. Al encontrarla, sentí la misma sensación que aquél que transita los escalones de un abismo, y sabe que al final de éste, únicamente intentará borrar con el codo lo que el día anterior, escribió con la mano.

La  pieza 542 del sector de terapia intensiva me hacía revivir ciertos sentimientos que dolían en lo profundo, y ver su cuerpo a través del vidrio, lo acentuaba. Estaba luchando con todas sus fuerzas por un minuto más de vida. Debatiéndose entre los dos infinitos, sin darse cuenta, que una de las decisiones no incluía arrepentimientos.

La enfermedad se hacía evidenciar, había perdido peso, tenía la cara demacrada, y deliraba constantemente; para calmarle un poco el dolor, le suministraban drogas que empeoraban su estado. La esencia era la misma de aquél adolescente que unos meses antes, soñaba con un futuro utópico, pero la existencia era la de un ser infligido por un destino infame.

No podía acercarme a él, ni podía decirle cuánto lo necesitaba. Sentía que se me estaba escapando de los dedos sin poderlo detener, que estaba exiliándose en lo desconocido sin darme oportunidad a ayudarlo.

Me reprochaba una y mil veces el haberlo dejado en manos de una idiota que estando consciente de lo que hacía, fue capaz de arruinarle la vida. Quizás, ella ahora estaba, en la misma situación que Marcos, o quizás no, pero eso no cambiaba el sentido de las cosas, ni hacía caer la moneda en una cara diferente.

Sus padres y sus hermanos llegaron en el momento justo en el que yo abandonaba el hospital. Noté en sus rostros el mundo caído a  sus espaldas, y la nostalgia de saber que las cartas ya estaban jugadas. Simplemente los saludé, y seguí mi rumbo a casa, con la idea fija de descargar  las lágrimas en el camino, aquellas que venía tragando desde mi llegada.

La situación de Marcos comenzó a empeorar . Al principio lo visitaba seguido, y luego dejé de hacerlo, porque sentía que visitarlo era como presenciar su muerte en cuotas. Me resultaba difícil recorrer el hospital para verlo sufrir, para sólo confirmar cuan vulnerable era.

Irónicamente, Marcos murió de VIH un de Diciembre. Ese día entero permanecí tirada en mi cama, aislada del entorno que me rodeaba, por ratos llorando, y por ratos ni llanto quedaba. Estaba segura que aunque superara su ausencia, las cosas no volverían a ser las que un día fueron, ni volverían a tener lo que un día tuvieron.

Por la mañana siguiente, el sonido del timbre me despertó y como era la única que estaba en casa, no me quedó otra que atender. Aunque tuviera mis pies en otra galaxia,  pude reconocer la fisonomía de su madre. Casi sin darme tiempo a reaccionar, me entregó un sobre blanco diciendo que me pertenecía, y se marchó para no volver jamás. Abrí la carta y la comencé  a leer:

Carlos Casares, 24 de febrero de 2004

Hola   Flaca ¿cómo estás?, espero que bien. Quizás en este momento, yo ya no esté a tu lado para leértela, pero no le des importancia a eso, la anatomía no siempre es imprescindible, primero de todo, te digo que sos una de las mejores personas que se me cruzaron en este viaje, por eso no dejes que a vos te pase lo mismo, CUIDATE', porque NADIE  lo va a hacer por vos.

No desperdicies tu vida en cosas que solo te van a lastimar, no hagas como yo que comprendí esto cuando ya era demasiado tarde. Sabes, el destino no tiene sentido, vos lo tenés que encontrar. Y eso que dicen que en la vida te tocan   castigos o recompensas, es todo mentira; en la vida, sólo hay consecuencias de nuestros propios actos,

Por  último, te pido que no vivas arrepintiéndote por lo que no hiciste, arrepentite por lo que en este instante, no ess haciendo. Te quiero mucho, no me extrañes porque ya nos vamos a encontrar algún día (más pronto de lo que imaginas).

Hasta siempre,

Marcos  

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