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Era un forastero que se estableció en Casares por tener familiares en el medio. No es fácil definirlo, charlaba mucho, pero en forma insubstancial siempre, hasta se diría que era una suerte de coraza. No arriesgaba opinión casi nunca y a todo lo ironizaba. Siendo profesional haría valer su título dentro de la colectividad. Cortejó a varias muchachas y había logrado su propósito de convertirme en una fanática. Lamentablemente casi todo estaba fuera de mi alcance, hubiera tenido que ser sumamente rica para satisfacer mis gustos. Compraba pequeñas piezas y por cuenta gota. Un invierno, mis padres ya ancianos, querían retenerme en casa y se completaron diciéndome que en Casares también podía comprar antigüedades y a precios más accesibles, ya que no estaba explotado. En esos días casualmente se efectuaba un remate de las existencias de una conocida confitería y habría varias piezas de plata. Fue el ardid de mi padre... Pero no me arrepentí de haber asistido, el martillero era Don Jesús Cuesta y las apuestas se hacían en forma ágil y seria. Mi entrada del brazo de papá fue una sorpresa para los asistentes. Rompía un tabú, las mujeres no asistían a los remates en el pueblo. Un primo, molesto, increpó a mi padre. pidiéndole que me llevara, no obtuvo respuesta. El Sr. Cuesta facilitó mi permanencia, quedando los verdaderos interesados. Los aburridos que concurrían para divertirse, lanzando chuscadas, desaparecieron. Veintitantos días después, había un nuevo remate y no era la única mujer que asistía, las Srtas. Hermosilla estaban allí y compraron muchas cosas. El ejemplo gustó. Al año siguiente en otro remate efectuado por el martillero D'Elía en la vieja residencia de los Gaich, la asistencia femenina era mayoritaria. Como en todas partes, había cosas buenas y malas. Algunos objetos que en realidad valían la pena, fueron comprados por familiares que los pagaron en exceso. Pude adquirir unas tacitas de Bavaria contendiendo con un comerciante que sabía muy bien lo que eran. En cambio dos muchachas arriaron con un montón de cachivaches, confundiendo antigüedades con trastos viejos... Sin proponérmelo había impuesto una moda en Casares. Comenzaron a coleccionar porcelanas Edgardo Fuentes y Mercedes Arambarri de Tomás, que pudo formar una colección de mates. La lúcida y anciana señora de Mirabent nos abrió su casa, permitiéndonos ver sus pertenencias y escoger cuanto nos agradara. Tenía mis proveedores particulares también. Julio Rubinstein me consiguió algunas piezas buenas en remates de campo. Con Schapira inicié una pequeña colección de bronces. Me había encaprichado en poseer un samovar y me dijeron que el nombrado podía tener alguno en venta. El dato era preciso, Schapira había hecho tabla rasa entre sus paisanos comprando cuanto samovar encontrara; proveía a unos anticuarios porteños... Me quedé con las ganas, me aseguró que no quedaba nadie en la colectividad dispuesto a vender sus recuerdos de familia. Al poco tiempo me traía unos candeleros miniatura que eran una belleza y posteriormente uno de los objetos que más quiero, el mortero... Sería Imposible terminar este relato sin mencionar la subasta de San Esteban, muestra única en Casares, aunque sucediera mucho después. Unos anticuarios amigos del Dr. Layana, vinieron con bombos y platillos dispuestos a hacer su agosto en Casares. Era tanta y variada la mercadería traída, que el intendente prestó las instalaciones de la recién adquirida estanzuela. Era una delicia contemplar lo exhibido. Era una de las exposiciones más completa que veía, y había asistido a muchas. La pinacoteca presentada, casi toda de maestros europeos, era de incalculable valor. Allí podía encontrarse lo que se quisiera o se soñara, hasta lo más insólito. La vieja casona estaba colmada, el "tout" Casares estaba allí. Circulaban los mozos a quienes había hecho poner guantes blancos, sirviendo cognac y whisky, que en esas frías noches venían muy bien. Estuvieron una semana y compré lo que pude... No se vendía prácticamente nada. hasta que apareció la señora de Taurel, adquiriendo de todo en cantidad suficiente como para vestir una casa, hasta un coromandel. A la cuarta noche, los mozos y las bebidas desaparecieron. Comenzaron a rematar lámparas y aguamaniles. Algunos se vendían, pero el sábado se dio todo por terminado. El día anterior habían vendido a la señora de Taurel una alfombra de Bukhará, pagó una suma sideral. Los anticuarios dijeron que la venida a Casares había sido un fiasco, que nadie entendía nada de nada y solamente pedían lámparas y aguamaniles, que después no compraban porque parecían caros. A pesar de todo con la venta de la alfombra habían salvado los gastos. Los comerciantes no vivían de eso. Tenían una cadena de camiserías, las antigüedades eran un hobbie.
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