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Material compilado y revisado por la educadora argentina Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com) La leyenda de Manakade "Mitología Guaraní" de Jorge Montesino Marcha
por la selva la tropa de indómitos. Mbarakaju
lidera a los suyos. Guerrero sin par. No hay quien le iguale
en resistencia física, en el tiro de las flechas y el
manejo del mbaraka.
La madre naturaleza ha sido generosa con Mbarakaju. Las
tropas de Mbarakaju
pasan por los poblados y en cada lugar pintan el signo de la
dominación. No hay quien se le resista. Mbarakaju,
como buen tirador es también un eximio cazador. Prueba de
ello es su collar donde ya no caben más colmillos de
jaguareté.
Ha cazado cientos de estos animales en su corta vida. Mbarakaju
en su plenitud. Ahora
persigue a una fiera que ha herido. Se
aparta de los suyos. Avanza por la selva siguiendo el rastro
de sangre. La
noche lo sorprende y Mbarakaju
opta por descansar. Busca un buen lugar y allí pasa la
noche. Mbarakaju
tiene el sueño liviano. La menor señal de peligro y el
guerrero está alerta. Al
amanecer continúa su marcha, encuentra al tigre que ruge de
dolor y acaba con él. Sigue sumando cuentas en su collar.
Pareciera que la cosecha de colmillos jamás acabará. Una
lluvia atropellada y densa cae sobre la selva ahora y lava
todo rastro de sangre. ¿Cómo regresar junto a los suyos?
La capacidad de orientación del joven indio y su intuición
no bastan para vencer a la enmarañada vegetación que
frente a él se levanta como una muralla. Mbarakaju
comienza a andar. Vuelve
sobre sus pasos. Le parece estar dando vueltas en círculo. No.
No puede ser. Al fin Mbarakaju,
exhausto se tiende sobre la hierba en busca del sueño y el
descanso reparador. Duerme el guerrero. Duerme y sueña con
una joven hermosa. La niña le habla, ahora lo está
llamando: “acércate” le dice en su luminoso sueño. Mbarakaju
despierta cuando el sol está declinando. Un rocío claro y
fresco cae sobre su cuerpo. Al incorporarse descubre que el
rocío tan claro y perfumado cae de un ysapy,
el árbol de la dicha. Buen augurio, piensa el guerrero y
avanza nuevamente a través de la selva como guiado por un
espíritu más poderoso que su voluntad. Mbarakaju
escucha lejanos sones de tambor. Apura el paso. Ahora ya
puede oir voces. Es evidente que se aproxima a una aldea. El
indio, escondido en la frondosidad de la selva observa la
aldea. Todo es movimiento allí. Se preparan para una
celebración. Reposan los manjares y las bebidas en gran
cantidad. Con avidez mira Mbarakaju
todo lo que ante sus ojos se extiende como una aparición.
Van y vienen las mujeres apuradas con los preparativos. Se
encienden las fogatas. La tarde va dejando paso a la
oscuridad. Los hombres preparan sus instrumentos. Comienzan
a beber. Mbarakaju
decide integrarse a la fiesta. Avanza hacia la aldea. A su
paso las gentes de la tribu detienen sus acciones. Mbarakaju
llega junto a los músicos. Extiende la piel del tigre que
acaba de matar. Arranca de las manos del músico el mbaraka
y sentándose sobre la piel comienza a ejecutar el
instrumento y a narrar la historia del principe Chimboi.
Su canto, más allá de la forma en que llega hasta el
lugar, ocurrente y misterioso, concita la atención de
hombres y mujeres. La
canción relata que el príncipe Chimboi,
jefe de los karios, altanero y solitario vivía en un blanco
palacio, suspirando permanentemente por una mujer bella y
virgen. La habilidad de Mbarakaju
para el relato cantado le lleva a mezclar el encantador
argumento del príncipe con la tribu en la que se halla
cantando. Mezcla la realidad y la fantasía y lo hace
premeditadamente. Cuenta
en su canción que el príncipe Chimboi
cree que va a encontrar a aquella mujer de sus sueños, símbolo
de la perfección humana, entre las doncellas de aquella
tribu. Las jóvenes de la tribu se miran unas a otras comparándose.
¿Quién de ellas será la elegida de Chimboi?
Pero el príncipe es sólo invento de Mbarakaju,
ha nacido de su ingenio y allí vive. Después
de terminada su canción Mbarakaju
es aceptado en la fiesta. Se celebra la cosecha de la
mandioca y las fiestas de la nubilidad. Las familias de las
núbiles han adornado a sus vírgenes y cada una de las que
pasan en desfile parece más bella que la otra. Túrbase
Mbarakaju cuando
ve avanzar en aquel desfile iniciático a la mujer que ha
visto en sueños. Se le ilumina el rostro ya encendido por
el calor de las fogatas. Los sueños le han anticipado el
encuentro. Mbarakaju
siente deseos de actuar. Toma nuevamente entre sus manos el mbaraka
y dedica una canción a la joven. El desfile se detiene pero
parece suspendido sobre las notas y las palabras de la canción.
Es un momento tocado por la divinidad. Al finalizar su canto
Mbarakaju,
tramposamente dijo: “Esta será la esposa de Chimboi”. Koeti
se llamaba la dulce niña. La abuela de la niña, Chiro,
recordó entonces las señales del cielo que el día del
nacimiento de Koeti
habían señalado un camino sembrado de estrellas. Una vida
grandiosa y eterna. La anciana creyó ver en las palabras de
Mbarakaju parte
de aquel designio divino. “Guíanos hasta el palacio de Chimboi”,
dijo la vieja al extranjero. Los hermanos de Koeti
se opusieron pero a una palabra de la anciana moderaron su
enojo y reprimieron sus decisiones. Mbarakaju,
Chiro y Koeti
partieron al día siguiente hacia el inexistente palacio
blanco donde vivía Chimboi.
Avanzaron los tres. Mbarakaju
con paso firme, la anciana ágil como una joven y la niña
extrañamente torpe. Como si no quisiera avanzar. Con recelo
y miedo. Se
detuvieron después de mucho andar. Mbarakaju
cazó un venado y lo puso al fuego. Koeti
dormía en su hamaca. Cuando estuvo lista la carne comieron
en silencio los tres. La anciana preguntó: “¿Cuándo
llegaremos al palacio de Chimboi?”.
“Cuando yo quiera” respondió secamente Mbara-kaju.
Inmediatamente la vieja recriminó al guerrero su promesa,
tras lo cual Mbarakaju
dijo: “¡Yo soy Chimboi,
Mbarakaju es sólo
mi nombre de guerra”. La
anciana no creía lo que estaba escuchando. Había sido engañada.
Tal vez se había apresurado al decidir hacer este viaje con
un desconocido. “Déjame
a la niña y vete. No te necesito”, dijo el guerrero a Chiro. Chiro
recupera la calma y unta la frente, las mejillas y el pecho
de su nieta con un ungüento verde que extrae de un pequeño
recipiente. Mbarakaju
observa la despedida de la mujer y se alegra de que no
oponga resistencia. La anciana se aleja y cuando Mbarakaju
vuelve la vista hacia Koeti
comprende el sentido de aquellos ungüentos. La vieja se va
pero deja sus hechizos. Mbarakaju
quiere gritarle algo pero la voz no le responde. Algo le
marea, le impide la mirada. Koetí
se vuelve neblinosa ante sus ojos, desaparece. Se
transforma. El guerrero siente que su cuerpo pesa como un
elefante. No puede moverse de su sitio. Impotente observa la
transformación de la niña. Ahora logra acercarse a la
joven. Intenta abrazarla pero se sorprende él mismo de
estar abrazado al tronco de un árbol. Sorprendido mira al
árbol buscando alguna señal que le indique el lugar de Koeti.
Nada alrededor. Koeti
ha desaparecido. Chiro
también. Solo en aquel desolado lugar Mbarakaju
se sienta bajo el árbol, la espalda apoyada en el tronco.
Un suave cansancio invade al guerrero. Sus piernas ya
no le pesan pero un extraño sopor le invade hasta vencerle. Mbarakaju
despierta. Es
la hora del alba y el sol aparece suavemente. Mbarakaju
se pone de pie y golpea las ramas más bajas con su cabeza.
Una lluvia de pétalos
cae a sus pies. El árbol estaba cubierto de flores.
El guerrero busca por todos lados algún indicio que le guíe
hacia Koeti.
Infructuosa es su búsqueda. Vencido, huye de aquel lugar
encantado. Chiro
ve que el extranjero se aleja del lugar y vuelve para
deshechizar a su joven nieta. La anciana contempla el bello
árbol florido y siente un vértigo extraño. La belleza
marea sus pupilas cansadas. De pronto, de los árboles
vecinos surge un ave pequeña y multicolor. Como una flecha
llega hasta las flores y allí, sostenido en vilo por el rápido
movimiento de sus alas, introduce su pico en una y otra flor
bebiendo el sabroso néctar. Las flores se tiñen de rosas y
leves morados al contacto del largo pico que las ultraja. Se
diría que se ruborizan y tiñen su blancura de subidos
colores. Chiro no
se atreve a dar caza a aquel pequeño pájaro que va de flor
en flor. Su nieta seguía siendo bellísima, pero ya no era marane.
Así lo entendió la mujer y consideró inútil
deshechizarla. Así quedó entre nuestros árboles el manaka
que con sus bellas flores se sonroja de haber perdido la
virginidad con aquel misterioso pájaro del cual se dice que
era un príncipe encantado.
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