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Material compilado y revisado por
la educadora argentina Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com)
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Vocabulario |
 | Pusquillo:
Cardón |
 | Ancali:
Hombre valiente |
 | ¡Acchachay!:
¡Qué hermosa! |
 | Vilca: Ídolo
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 | Chasca:
Lucero |
 | Mama
Quilla: La luna |
 | Imilla:
Doncella |
 | Tanga:
Toca usada por los hechiceros |
 | Suri: Avestruz
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 | Inca:
Emperador |
 | Anta:
Cobre |
 | Machi:
Curandero, hechicero |
 | Zúpay:
El demonio |
 | Kusiya:
Ayúdame |
 | Llamta:
Leña |
 | Cunti:
Lana de alpaca |
 | Tutusca:
Grasa de pecho de llama |
 | Yuto:
Molido |
 | Puco:
Escudilla |
 | Chuspa:
Bolsa o talega |
 | Endecheras:
Plañideras |
 | Chiqui: Divinidad
de la fortuna adversa. La Fatalidad
|
 | Guasca:
Soga.
Anca: Águila |
 | Tala,
Mistol, Jarilla, Algarrobo, Guayacán, Chañar,
Pacará, Yuchán, Samohú, Tarco: Nombres
de árboles a excepción de la jarilla que es
un arbusto |
 | Alilicucu:
Ave nocturna cuyo grito como un lamento causa
un temor supersticioso |
 | Cumbi:
Tela muy fina, generalmente de vicuña, usada
para confeccionar la ropa del Inca y de los
nobles |
 | Abasca:
Tela burda usada en los vestidos de la gente
del pueblo |
 | Topo: Alfiler
largo de plata terminado en uno de sus
extremos con un disco trabajado en el mismo
metal o cobre |
 | Nevado de
Pisca Cruz: Cerro que se halla al norte de
Argentina,
cerca de la frontera con Bolivia. |
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LEYENDA
CALCHAQUÍ
EL
CARDENAL
Cuando el añil y el rojo, el amarillo y el anaranjado, tiñeron
el cielo y el cerro con los colores del crepúsculo,
pintando con tonos de incendio las talas, los mistoles,
las jarillas, los algarrobos y los guayacanes, los
guerreros de Pusquillo, el valiente cacique calchaquí,
descendían por los senderos de la montaña abrupta.
La brisa suave del atardecer llevaba hasta el valle
el perfume de la jarilla, del ucle y de la flor del aire.
La distancia que separaba a aquellos hombres de su
aldea indígena era grande aún. Tendrían que caminar
toda la noche para llegar antes del amanecer.
El sol terminó de ocultarse por completo en
occidente y el cielo perdió los brillantes colores que le
prestaban sus rayos.
Comenzó a oscurecer.
Por oriente apareció la luna iluminando con luz
tenue la bóveda azul.
Apuraban el paso los guerreros indígenas
aprovechando la claridad de la noche de luna, que les
permitía marchar con seguridad por los peligrosos
senderos de la montaña.
Llegaron al bosque. El verde de los añosos chañares,
de las talas espinosas, de los yuchanes de amplia copa, de
los viejos algarrobos, se intensificaba al ser alcanzado
por los rayos de la luna que, al filtrarse por entre el
follaje, dibujaban en la tierra caprichosas figuras de
plata.
Entraron al bosque los guerreros de Pusquillo.
Marcharon por estrechos senderos acompañados por el
misterioso rumor de la selva, por el suave rozar de las
alimañas que la pueblan, por el vuelo de algún pájaro
cuyo sueño interrumpió el paso de los intrusos...
Un deseo los animaba: llegar cuanto antes a su
pueblecito del valle de donde salieran hacía ya cuatro
lunas.
Marchaban callados. Sólo se oían sus voces cuando
alguno de ellos, advertido de algún peligro, daba el
alerta a los demás.
Al frente iba Ancali, el hijo mayor de Pusquillo,
valiente como él y como él querido y respetado por su
pueblo.
Llegaron a un claro del bosque. Ancali se detuvo de
improviso, indicando a los demás, con un gesto, que
suspendieran la marcha. Su mirada sorprendida estaba fija
en una figura extraña que su sagacidad había
descubierto.
Se acercó a ella con toda precaución temiendo que
se desvaneciera, y pudo comprobar que era real. Una
hermosa joven, recostada contra un corpulento pacará,
dormía plácidamente. Un rayo de luna iluminaba su rostro
pálido, y arrancaba destellos de plata de la túnica con
que cubría su esbelto cuerpo. En su regazo descansaba un
manojo de rosadas flores de samohú cuyo perfume tenue
percibieron los recién llegados.
Rumores de admiración de sus compañeros escuchó
Ancali. Se acercó sigiloso para no despertar a la niña
y, cuando se hallaba cerca, no pudo reprimir su
entusiasmo:
-¡Acchachay! -exclamó muy bajo.
Como al conjuro de una orden misteriosa, despertó
la joven y al verse rodeada por desconocidos, los miró
azorada. Se levantó con presteza y su mirada sorprendida
se fijó en Ancali, alto, fornido, de rostro recio y
expresión cordial que en ese momento con voz afable le
preguntaba:
-¿Quién eres y qué haces en los dominios de
Pusquillo?
-Soy Vilca, hija de Chasca y de Mama Quilla. Mi
madre me envía a la tierra para que siembre bondad entre
los hombres -respondió la niña con dulce voz y expresión
humilde.
Era tanta su belleza, tanta sumisión había en el
tono y tanta ternura en las palabras, que Ancali se sintió
atraído por la desconocida. Siguiendo un impulso generoso
le ofreció:
-Ven a la tribu de mi padre donde serás bien
recibida. Ven con nosotros...
Un rayo de luna dio de lleno en el rostro de Vilca.
Ella, entonces, creyendo ver en el hecho una demostración
de la conformidad de Mama Quilla, su madre, aceptó
agradecida.
Se unió a los guerreros y al frente del grupo, al
lado de Ancali, marchó por el sendero del bosque entre
lianas y plantas trepadoras que caían desde las ramas de
los árboles semejando cascadas de verdura.
La calma era total. De improviso, un lamento extraño,
doloroso, surgido del interior del bosque cruzó el aire
sobrecogiendo de espanto, con el maléfico augurio de su
grito, al grupo que marchaba desprevenido.
-¡El alilicucu! ¡El alilicucu! -dijeron en voz
baja los guerreros de Pusquillo, capaces de las proezas más
inverosímiles, pero que temían como si fueran niños los
misterios que consideraban sobrenaturales.
Un nuevo lamento agudo y desesperado hendió el
aire y otra vez se oyó como un murmullo, el temor pintado
en cada sílaba:
-¡El alilicucu! ¡El alilicucu!
Al mismo tiempo, un solo pensamiento dominó a
todos: "¿Qué desgracia presagian los gritos de esa
ave nocturna que nadie ha podido ver, pero que a todos
causa terror?" "¿Qué nos irá a suceder??
Atemorizados, como bajo el peso de un vaticinio
funesto, cruzaron el bosque.
Cuando por fin salieron de él, el valle dormido
les devolvió la tranquilidad perdida. La luna bañó con
su luz de plata el sendero que debían recorrer...
Hicieron el camino bajo un cielo sembrado de
estrellas.
Llegaron a los toldos cuando el lucero del alba
brillaba con luz intensa en el firmamento. El sol asomó
por oriente y las nubes se tiñeron de lila y de oro. Del
bosque, convertido por influjo de la aurora en sonora caja
musical, llegaban el trino alegre de los pájaros y el
arrullo tierno de las palomas que despertaban con la
naturaleza.
La brisa traía de la sierra esencias de tomillo y
de azahar.
La vida recomenzaba. En la toldería fácil era
comprobarlo. Todos estaban en movimiento. Madrugadores por
naturaleza, los primeros rayos del sol marcaban el
comienzo de la actividad diaria y desde ese instante cada
uno cumplía con la tarea que tenía señalada.
Ancali y sus compañeros fueron recibidos con
alborozo.
Los cazadores se despojaron de armas y flechas
entregando a sus familiares el producto de tantos días
dedicados a la caza: venados, guanacos, suris, plumas
vistosas de raro colorido, pieles de jaguar...
Vilca, mientras tanto, permanecía ignorada. Nadie
había reparado en ella. Junto a un arrayán florecido era
muda espectadora de la escena que se desarrollaba ante sus
ojos.
De improviso oyó, a su lado, una voz que le
preguntaba:
-¿Quién es la imilla que con asombro asiste a la
llegada de nuestros cazadores?
Dióse vuelta la niña y vio, junto a ella, a
un hombre de cierta edad, de tez cobriza, cabello lacio y
mirada penetrante. Llevaba en su cabeza una toca redonda
que caía hacia la espalda en un pliegue de forma
triangular. Era la tanga usada por los hechiceros.
Segura, por este hecho, de que se hallaba ante uno
de ellos, iba a responderle, cuando oyó al desconocido
que, al tiempo que clavaba su vista penetrante en ella,
sonriendo volvía a preguntarle:
-¿Quién eres, extranjera? ¿De dónde vienes?
-Soy Vilca -respondió medrosa-. Soy la hija de
Quilla y de su reinado vengo.
-¿Cómo llegaste hasta los dominios del gran
cacique Pusquillo? -inquirió curioso el hombre.
-Los cazadores me encontraron en el bosque y con
ellos he venido...
En ese instante, del grupo de cazadores se separó
uno de ellos. Era Ancali, que con un precioso manojo de
plumas de ave del paraíso se dirigía hacia donde se
hallaba la extranjera.
Asombrados miraron todos al hijo del cacique, y su
sorpresa fue mayor cuando distinguieron a la desconocida
que conversaba con Suri, el hechicero.
Llegó Ancali hasta ella y ofreciendo a Vilca las
hermosas plumas, la invitó:
-Toma, Vilca... Adorna tus cabellos y acompáñame.
Mi padre, el cacique Pusquillo, quiere verte. Ven.
Obedeció la niña y pocos momentos después se
hallaba ante el cacique quien, ganado por su simpatía y
por su hermosura, la recibió afable y cariñoso
considerando de buen augurio que Quilla, la reina de la
noche, se hubiera dignado enviarles una hija suya.
Mientras tanto Suri, el hechicero, despechado por
lo que él consideró un desprecio, al no ser llamado para
la presentación de la extranjera al curaca de la tribu,
sintió por ella, que absorbía la atención de todos, una
envidia sin límites. Sus sentimientos mezquinos lo
incitaron a cometer una injusticia, sintiendo desde
entonces una marcada aversión por la dulce Vilca, ajena
por completo a tal sentimiento. La odió y se prometió
hacerle imposible la vida en la tribu hasta conseguir que
la abandonara.
Ignorando tan bajos propósitos y sintiéndose, en
cambio, querida por todos, Vilca era feliz, muy feliz en
los dominios de Pusquillo.
Suave y delicada por naturaleza, se granjeó de
inmediato la simpatía y el cariño de la tribu. Participó
de las tareas de las mujeres y se adiestró en el tejido
del algodón que cosechaban en las extensas plantaciones
de la región, constituyendo una de sus principales
riquezas. Aprendió a hilar la lana y a tejerla.
Esa mañana, muy temprano, Vilca, instalada frente
a su telar, tejía una tela destinada a hacer una túnica
por encargo del curaca, cuando llegó Ancali.
-Buen día, Vilca. ¿Qué tejes tan temprano? -la
saludó.
-Buen día Ancali. ¡Qué pronto has vuelto! Tu
padre me ha encargado que teja una túnica de cumbi para
enviar a su Señor.
-Hermoso está quedando tu trabajo, Vilca. Su
brillo y su finura harán que mi padre se sienta orgulloso
de presentarla al Inca.
-Es un placer trabajar con lana de vicuña. La
prefiero a la de guanaco que debo emplear para tejer
nuestros vestidos de abasca, tan burdos y gruesos. Y tú
¿qué traes en tu llama cargada? ¿De dónde vienes?
-Acabo de llegar de Andalgalá, donde he ido en
busca de anta.
-¿Lo conseguiste?
-¡Ya lo creo! Es metal que abunda en esa región,
de modo que he traído en gran cantidad. Mira la carga de
mi llama y dime si no tengo razón. Voy a descargarla, que
el viaje ha sido largo y el animalito merece descansar;
pero antes quiero darte esto que he traído para ti...
-terminó diciendo, al tiempo que le entregaba un objeto
de plata que Vilca tomó con cuidado.
-¡Oh, Ancali! ¡Qué topo precioso! Es de plata y
de cobre -agregó colocándolo sobre su pecho como deseosa
de ver el efecto que causaba.
Era un disco de metal del que se desprendía un
alfiler.
-¿Te agrada mi regalo?
-¡Tanto...! que espero ansiosa que llegue la
primera fiesta para lucirlo y con él prender mi manta.
Eres muy bueno, Ancali. Muchas gracias
Ninguno de los dos suponía que en ese momento
alguien, oculto muy cerca, observaba la escena con
fastidio.
Era Suri, el hechicero, que, despechado y con odio,
murmuró para sí:
"No te ha de durar mucho esta felicidad, Vilca,
ambiciosa. ¿Crees que llegarás a ser la esposa del hijo
del cacique? Ya verás que no podrás lograrlo. Yo lo
impediré, intrusa..."
Ancali, mientras tanto, había ido a descargar su
llama.
De allí volvía cuando lo alcanzó un muchacho que
lo llamaba pues su padre deseaba verlo. Al pasar junto a
Vilca, le dijo:
-Mi padre me llama. En cuanto pueda, volveré.
Tengo deseos de conversar contigo. Hasta luego.
-Hasta luego, Ancali. Aquí estaré esperándote.
No creyó encontrar así a su padre. Estaba muy débil
y su aspecto, su palidez y su falta de energía, decían
bien a las claras que estaba enfermo. Ancali, sorprendido
y ansioso, le preguntó:
-¿Qué te sucede, padre? ¿No te encuentras bien?
-Así es, hijo mío. Las fuerzas me faltan... ¡Me
siento tan débil!
-Pero ¿qué ha sucedido durante mi ausencia? No
estabas enfermo cuando me fui...
-No... Tienes razón. De pronto me he sentido débil...
Las piernas no me sostienen y creo que cada día que pasa
estoy peor. Temo que nuestros antepasados me llamen a su
lado al País de las Almas...
-¡Eso no puede ser, padre! Te habrás descuidado.
¿Tomas los remedios que te indicó Suri?
-Sí... hijo... sí -balbuceó el viejo curaca.
-No serán suficientes. Si es necesario llamaremos
a otro machi...
-No... No habrá necesidad. Suri me cuida con
esmero. Todos los días a la caída de la tarde y mirando
los últimos rayos esconderse detrás del horizonte, tomo
en presencia del hechicero la poción de hierbas que él
prepara para mí... Pero ya lo ves, nuestros dioses
quieren llevarme de la tierra y yo siento que voy a
morir...
-¡No será, padre! ¡Te curarás!
-Se cumplirá la voluntad de nuestros genios
tutelares; pero es necesario estar preparado. Por eso te
he llamado, Ancali. Tú has de sucederme en el poder y no
quiero morir sin que hayas elegido a la compañera de tu
vida. Elige entre nuestras doncellas... Que sea buena y
justa como tu madre lo fue... Sólo así te hará feliz y
hará la felicidad de tu pueblo. Y yo moriré tranquilo...
-Padre, mi elección está hecha y sólo aspiro a
tu aprobación -respondió Ancali-. Quiero a Vilca, padre,
y si no me he animado antes a confesártelo, es que, por
tratarse de una extranjera, temí tu desaprobación. Pero
ahora sé que la quieres y que aprecias sus condiciones.
¿Conscientes, padre, en que ella y no otra sea mi compañera?
Es buena, justa y humilde. Es la única capaz de hacerme
feliz. ¿Lo consientes padre?
-No sólo lo consiento, sino que lo apruebo, hijo mío.
Vilca es buena y afable y es hija de Quilla. Debemos
sentirnos orgullosos de que nos haya entregado a su hija.
Los dioses han querido favorecernos. Estoy muy contento
con tu elección, hijo... Ve a buscar a Vilca... Quiero
que conozca mi aprobación... Será necesario que la
ceremonia se lleve a cabo cuanto antes... -terminó el
curaca, desfallecido.
-No será tan pronto, padre. Antes quiero ir al
Nevado de Pisca Cruz en busca de la raspadura de piedra de
la cumbre, del lugar donde caen los rayos, que curará tus
males. Vilca te cuidará durante mi ausencia y a mi
vuelta, cuando te halles completamente restablecido, me
uniré a ella para siempre. mama Quilla nos protegerá
desde el cielo. Voy en busca de mi novia, padre.
Al salir de la casa, Ancali se cruzó con Suri que
llegaba, como todas las tardes, con la poción destinada a
su padre.
En el horizonte, encendido en fulgores de incendio,
el sol escondía sus últimos rayos.
Corrió Ancali en busca de su prometida. Cuando
volvió con ella, feliz al poder realizar su mayor deseo,
la presentó a su padre.
El anciano se hallaba tendido en el lecho, con los
ojos cerrados, respirando con dificultad.
Desde un rincón en sombras, observaba Suri. Ancali
tuvo un sobresalto. Su padre estaba peor que cuando él lo
dejara hacía unos instantes. Vilca frotó la frente del
anciano con hierbas aromáticas y el viejo cacique abrió
los ojos. Después, con dificultad, levantó una mano y
con voz desfallecida balbuceó:
-Que seáis felices, hijos míos. Que nuestros
dioses os protejan...
Cerró los ojos nuevamente y recostó pesadamente
la cabeza.
Vilca y Ancali se miraron consternados.
El hijo tomó una resolución:
-Quédate con él, Vilca. No te separes de su lado.
Yo corro al Nevado de Pisca Cruz a buscar la piedra que
cura...
Al oír estas palabras salió el machi de la sombra
y encarándose con los jóvenes, profetizó:
-Los dioses no están contentos, por eso quieren la
muerte del curaca. Hay en la tribu alguien que provoca la
ira de nuestros antepasados. Alguien a quien debe haber
enviado Zupay... ¡Ten cuidado, Ancali!
Con paso mesurado y una significativa mirada
cargada de odio dirigida a Vilca, salió el hechicero.
-¿Qué ha querido decir el machi, Ancali? ¿Por qué
me miró con encono? ¿Por qué sospecha que soy enviada
de Zupay?
-Nada puedo explicarme -repuso consternado el
joven-. Pero en cambio desconfío... Desconfío de Suri.
Sus pócimas empeoran a mi padre. Creo que en lugar de
buscar la salvación de su vida, trata de darle muerte. Y
mi padre, en cambio, ¡confía en él! ¡Con qué fe sigue
sus consejos y toma los brebajes preparados por él! Yo,
por mi parte, he creído comprender que Suri nos odia...
Pero, ¿por qué? -terminó ansioso.
-Ancali... escucha... Nunca quise hablarte de esto
porque no hallé razón para hacerlo. Pero ahora es
necesario que sepas... A quien odia el machi es a mí...
Me lo dijo hace tiempo... para convencerme de que
abandonara la tribu... Y me amenazó con males
irreparables... de los que habría de sentirme culpable...
No lo creí. Sin duda ha llevado la venganza contra tu
padre por haberme admitido en sus dominios...
-¡Cómo es posible! -le interrumpió Ancali
indignado-. ¿Qué razón puede tener?
-Supone que yo, hija de Quilla, poseo facultades
superiores a las suyas y desea arrojarme de aquí. El no
ve con buenos ojos nuestro matrimonio. Cree que es la
oportunidad que busco para ejercer luego mis poderes
contra él y quiere vengarse en ti para que me arrojes de
tu lado. ¡No permitas que continúe atendiendo al
cacique!
-Tú confirmas mis sospechas... No abandones a mi
padre mientras dure mi ausencia. Correré tan rápido como
el venado y dentro de dos días, cuando Inti envíe sus
rayos más cálidos a la tierra, estaré de vuelta con la
piedra milagrosa que salvará a mi padre...
Se despidió Ancali y desde ese momento Vilca no se
separó del anciano curaca. Este, agobiado por la fiebre
yacía inconsciente, mientras de sus labios brotaban
palabras entrecortadas pronunciadas en el delirio.
La noche fue terrible. Entre estertores y gemidos
pasó el enfermo sus horas.
Vilca, con el cariño y la suavidad que le eran
propios, cubría la frente ardorosa con hierbas aromáticas.
Un rayo de luna penetraba por la abertura de la
entrada.
A la madrugada creyeron que el enfermo reaccionaba.
Su lucidez era completa y aunque se expresaba con
dificultad, sus ideas eran claras. Llamó a la futura
esposa de su hijo para decirle:
-Vilca, hija... ya puedo llamarte así porque te
considero hija mía... Voy a morir... Lo presiento...
Nuestros antepasados me llaman a su lado y mi hora llega.
Haz feliz a Ancali y dile, cuando llegue, que espero que
su gobierno sea justo... que no descanse hasta lograr la
mayor felicidad y el completo bienestar de su pueblo...
Ahora, hija mía, llama a Llamta. Es el más adicto de mis
guerreros. Quiero morir mirando el cielo... Quiero que me
lleven bajo los árboles...
Los deseos de Pusquillo se cumplieron. Entre varios
fornidos guerreros lo transportaron fuera, colocándolo
bajo la sombra de un añoso y corpulento chañar cuyas
flores amarillas caían como lluvia de oro sobre el cuerpo
del cacique.
Rodearon el lecho del enfermo con flechas clavadas
en el suelo para evitar que la muerte pasara.
Luego, el machi, presidiendo las ceremonias para
rogar por la salud del curaca, invocó a Yastay, diciendo
con voz monótona y dolorida:
Yastago, abuelo viejo,
perdone si le han hecho mal,
¡padrecito viejo, kusiya!
De
inmediato, con tutusca y maíz bien yuto, amasaron una
figura de guanaco, lo bañaron en chicha y lo cubrieron
con hojas de coca.
Una vez así preparado, pasaron el pequeño guanaco
por el cuerpo del enfermo haciéndolo con especial cuidado
sobre la cabeza. Limpiaron con cunti la grasitud dejada
sobre la piel del curaca por la figura del animalito, y
una vez cumplido este rito, enterraron al pequeño guanaco
en un lugar cercano a donde se hallaba el cacique
moribundo, y lo rociaron con abundante chicha. Mientras
tanto, grandes orgías acompañadas por cantos y súplicas
se realizaban en las proximidades de este sitio, ofrecidas
a los dioses para que tomaran a su cargo la salvación del
enfermo.
Al lado de éste se encontraba Vilca, que, como lo
prometiera, no abandonó un instante al padre de su novio.
En el cielo temblaban las estrellas...
La respiración del viejo curaca era penosa y
entrecortada. De vez en cuando un rictus de dolor se
dibujaba en su rostro. Sus manos se crispaban sobre la
manta que lo cubría, y sus labios resecos balbuceaban
apenas:
-Agua...
Vilca, entonces, con suma dificultad lo incorporaba
y valiéndose de un puco le daba de beber.
Así pasó la noche.
Al amanecer, cuando el cielo comenzaba a trocar los
oscuros tintes por los celestes grisáceos de la aurora;
cuando la vida volvía a renacer, el alma del anciano
cacique voló a la región de lo desconocido. Al aparecer
los primeros rayos del sol, abriéndose camino en las
tinieblas, Pusquillo murió.
Al mismo tiempo se oyeron estridentes gritos,
alaridos podría decirse. Eran los súbditos del anciano
curaca que así exteriorizaban su dolor.
Los plañideros contratados para el caso no
tardaron en hacerse presentes, y a poco de llegar dieron
comienzo a su obligación consistente en llantos ruidosos
y tristes cantos, en los que se hacía referencia a las
hazañas cumplidas en vida por el difunto, y se ensalzaba
su obra, sus condiciones y sus bondades.
Cerca del cadáver, en una fogata encendida al
efecto, quemaron hojas que despedían espesas columnas de
humo.
Mientras tanto, hombres y mujeres, uniéndose al
duelo, saltaban y danzaban a su alrededor.
Suri, con expresión maliciosa, observaba desde
lejos, comprobando satisfecho el logro de sus deseos. Una
parte de su venganza se había cumplido: el veneno,
suministrado diariamente al cacique en pequeñas dosis,
había surtido el efecto esperado.
Vilca, por su parte, pensaba desesperada en Ancali,
cuyo viaje al Nevado Pisca Cruz resultaba inútil.
El sol, mientras tanto, enviaba los rayos que hacen
madurar la mies y germinar la semilla. Y como siempre,
junto a la muerte, vibraba la vida en un canto de fe y
esperanza infinitas...
Dos días después regresó Ancali. Llegaba
triunfante, después de haber arrancado a la cumbre mágica
de la montaña el remedio maravilloso capaz de devolver a
su padre la salud perdida.
Poco duró la expresión alegre de su rostro. Al
acercarse a los alrededores de su pueblo, fácil le fue
adivinar la tragedia ocurrida durante su ausencia y
convencerse de la inmensa desgracia que lo había
alcanzado. Su padre había muerto. No tenía necesidad de
preguntarlo. Lo leía en los rostros amigos que lo miraban
con compasión, en las bocas cerradas de la tribu que no
se animaban a darle la fatal noticia.
Arrojó Ancali la chuspa que contenía las
raspaduras de la piedra milagrosa y corrió al lugar donde
yacía su padre muerto. Ya no le quedó ninguna duda.
El plañidero coro de las endecheras, con sus
cuerpos envueltos en mantas de colores, continuaba
relatando con cantos y sollozos las hazañas y glorias del
difunto, mientras el resto de los presentes, incansables,
seguía acompañando la ceremonia con danzas, saltos y
alaridos de dolor. De vez en cuando, sobresaliendo del
coro, se oía algún grito estridente destinado a conjurar
a Zupay o a Chiqui, que sin duda rondaban por allí.
Frente al sepulcro preparado, colocadas en palos,
estaban las ovejas asadas de las que se valía el machi
para conocer el destino del difunto en el "país de
los muertos".
Encontró a Vilca, tal como se lo prometiera, junto
al curaca muerto.
Al llegar Ancali, cedió al hijo el puesto que le
correspondía dirigiéndose ella a la orilla del arroyo
que, con sus aguas, fertilizaba el valle. Se sentó en una
piedra y quedó pensativa.
De su abstracción la sacó una voz conocida y
repulsiva que le decía:
-¿Has venido a gozar de tu obra? ¿Tienes ya
proyectos para el futuro?
Era Suri, que con todo cinismo acusaba a la
inocente Vilca de la muerte de Pusquillo.
-¿Mi obra, has dicho? -preguntó a su vez,
iracunda, la doncella.
-Tu obra, ¡sí! En una oportunidad te dije que si
no abandonabas la tribu, la desgracia caería sobre los
que te quisieran, y he cumplido. Hoy vuelvo a decirte: Si
no abandonas estos lugares, te juro que te arrepentirás y
cuando lo hagas, ¡será tarde!
-Nada podrás en contra de mí... Muy pronto seré
la esposa de Ancali y él, como jefe, sabrá dar cuenta de
tu osadía -respondió Vilca indignada.
-Ya sabré impedir que tus planes prosperen -dijo
con sorna el machi, y agregó: Yo indicaré quién ha de
suceder al viejo curaca, y no será por cierto Ancali como
tú mal supones -terminó el malvado hechicero con una
mueca desdeñosa.
Suri era muy respetado en la tribu. Los poderes
sobrenaturales que se le reconocían hacían considerarlo
un ser superior enviado por los dioses tutelares. Su
palabra se oía con interés y sus consejos eran seguidos
sin discusión.
Valido de estas prerrogativas, el terrible
hechicero, siguiendo un plan trazado de antemano, dejó a
Vilca para dirigirse a la casa de Anca, el más anciano y
más respetado de los que formaban el Consejo de Ancianos,
que era el que debía designar al nuevo jefe de la tribu.
Con palabra persuasiva y acento terminante, como si
se tratara de la más cierta de las revelaciones, le dijo:
-A tu gran sabiduría e inigualada experiencia,
quiero librar el secreto que me han revelado los astros.
Una gran desgracia se cierne sobre nuestra tribu... Horas
amargas tendremos que pasar, pues estamos a merced de una
impostora que miente, diciéndose hija de Quilla para ser
admitida con confianza entre nosotros. Pero mi poder ha
descubierto su superchería y yo puedo decirte, ¡oh gran
Anca!, que la extranjera miente. ¡Es una enviada de Zupay
llegada para labrar nuestra desgracia! Por lo tanto, debe
ser condenada a morir. ¡Si así no lo hiciéramos, los
mayores malos acabarán con nosotros como lo ha hecho con
nuestro gran cacique!
Impresionado por tales palabras, apresuróse Anca a
convocar al Consejo de Ancianos que de inmediato resolvió
condenar a muerte a la infortunada Vilca.
Nada se le participó a Ancali, temerosos de que se
opusiera al designio de los astros por salvar a su
prometida, y esa noche, cuando todo era quietud y paz en
la tribu, los que debían hacer cumplir la pena, amparados
por la oscuridad de la noche sacaron a Vilca de la casa
donde estaba descansando y la llevaron a la montaña en la
cual le darían muerte, luego de cumplir ritos
establecidos.
Una vez allí, buscaron una piedra alta y angosta a
la cual la ataron.
De inmediato, a cierta distancia esparcieron
hierbas olorosas y, mientras Suri hacía conjuros para
alejar a Zupay, uno de los ancianos encendió las hierbas
que desprendieron un humo denso de olor acre.
La infeliz Vilca gritaba su inocencia y lanzaba
desesperados llamados a su prometido a quien pedía
socorro.
La luna, desde el cielo, era mudo testigo de esta
escena desgarradora.
Suri, por el contrario, se sentía muy feliz. Todo
sucedía de acuerdo a sus más íntimos deseos y a sus
bien trazados planes. ¡Por fin iba a lograr la desaparición
de la intrusa!
Sin embargo, no contaba el malvado hechicero con el
cariño y el respeto que sentían por Ancali sus
subordinados.
Uno de ellos, joven audaz y valiente era Guasca.
Volvía de acompañar hasta el límite de los dominios de
Pusquillo al cacique de una tribu vecina venido para
asistir a las ceremonias fúnebres del difunto curaca.
Al pasar cerca del lugar señalado para el
sacrificio de Vilca, Guasca, favorecido por la luna que
continuaba iluminando la escena, notó que algo insólito
sucedía. Los angustiosos gritos de la doncella atrajeron
su atención.
Se acercó cauteloso tratando de no ser visto y
observó. Reconoció a Vilca, y al oír que se repetían
sus desesperados llamados a Ancali abandonó el lugar,
corriendo a avisar a su jefe.
Pronto estuvo ante él poniéndolo al tanto de lo
que ocurría.
De inmediato partió Ancali al frente de varios
guerreros que no lo abandonaban nunca.
Cuando llegó al lugar del sacrificio, los conjuros
y las ceremonias continuaban. Vilca, desfalleciente, la
cabeza caída sobre el pecho, lloraba su infortunio.
Corrió Ancali a librarla de las ligaduras y cuando
ya la creyó salvada, una lluvia de flechas partió del
grupo de verdugos de la hermosa y dulce Vilca.
Decididos, respondieron al ataque los jóvenes
guerreros de Ancali y cuando descontaban la victoria, un
grito angustioso de éste les indicó que su jefe había
sido alcanzado por alguna flecha enemiga.
Así era en efecto. De la cabeza del intrépido
muchacho manaba abundante sangre que Vilca trataba de
restañar con sus manos cariñosas.
La vida huía por la herida abierta y Ancali comenzó
a desfallecer.
Angustiada, un gemido brotó de la garganta de la
infortunada doncella que se abrazó a su prometido como
queriendo infundirle la energía que le faltaba.
Ese fue el momento que quiso aprovechar Suri para
apoderarse de los jóvenes; pero cuando ya creyó tenerlos
a su alcance, debió sufrir la más cruel de las derrotas.
Los cuerpos de Vilca y de Ancali se achicaron y
perdieron su forma humana tomando, en cambio, las de dos
hermosos pajaritos grises, cuyas cabecitas blancas estaban
adornadas con un llamativo penacho rojo, tan rojo como la
sangre que manaba de la herida que la flecha traicionera
causó a Ancali.
Aun así, Suri quiso tomarlos, pero las dos
avecillas, abriendo las alas echaron a volar hasta
posarse, muy juntas, en la rama de un tarco para entonar
desde allí una melodía muy dulce, conjunción de amor y
libertad que pobló los aires con armonías de cristal.
No desesperó el malvado Suri, y tomando el arco y
las flechas arrojó una a las avecillas. Mas, ¡oh
justicia de los dioses buenos!, la flecha mal arrojada se
volvió contra el hechicero, incrustándose en su corazón
y terminando con un ser tan perverso que sólo causó
males entre los que le rodearon.
Mientras, desde la rama del tarco en flor, llegaba
el canto alegre de las nuevas avecillas...
La luna continuaba enviando a la tierra sus rayos
de plata.
En esta forma, dicen los calchaquíes, nacieron los
cardenales, que así acrecentaron el número de las aves
que regalan nuestra vista y deleitan nuestros oídos con
las más exquisitas melodías.
Referencias
El
cardenal es un pájaro de tamaño mediano y de agradable
aspecto que nidifica en los montes.
De plumaje compacto, tiene el lomo de color gris
acero; el pecho y el abdomen, blanco ceniciento; la
garganta y la cabeza, rojo vivo, lo mismo que el penacho
de suaves plumitas en que ésta termina. Una línea blanca
separa el rojo de la cabeza del gris del lomo.
El pico es casi recto, fuerte, con la
particularidad de tener el maxilar superior que sobresale
del inferior.
Las alas son estrechas y puntiagudas y la cola,
larga y cuadrada.
Movedizo, ágil y vivaz, es muy cantor. Su canto,
en forma de gorjeos o silbidos, es fuerte y muy agradable,
y se asemeja a los sonidos que brotan de una flauta.
El nido, de paja, plumas y cerda, muy liviano, lo
construye en los árboles y arbustos.
Los huevos son pardo verdosos con pequeñas manchas
blancas.
Habita lugares donde existen plantaciones de árboles
y arbustos.
Se alimenta especialmente de granos; pero come
frutas, hortalizas, insectos y hasta carne.
Los guaraníes lo llaman acá pitá (cabeza roja).
Estas
leyendas fueron adaptadas de la Biblioteca "Petaquita
de Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda
Perellón, Ed. Peuser, Bs. As. 1952 y de
"Antología Folklórica Argentina", del Consejo
Nacional de Educación, Kraft, 1940.
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