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Material compilado y revisado por
la educadora argentina Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com)
LEYENDA
GAUCHA
EL
CHINGOLO
Dicen
que el chingolo, el pájaro que anda a saltitos, y silba
al cantar, tiene su historia.
¿Sabéis cuál es? Hela aquí: Un viejo tropero
decíale siempre a su hijo:
-Hijo mío, has nacido gaucho como tu padre y tu
abuelo. Debes ser también, como ellos, un buen tropero...
Sí, tropero... que es oficio de gaucho guapo y de ley. De
día, silbando, silbando, se lleva la tropa de aquí para
allá; de noche, cantando y mirando hacia el cielo, se
cuida el ganado bajo las estrellas.
Pero al hijo no le gustaba el trabajo, y menos aún
el oficio que su padre le daba.
Y el padre, empeñado en que su hijo fuera tropero
como él, trataba de hacerlo entrar en razón con consejos
unas veces, con castigos otras. Pero todo resultaba inútil:
el hijo no cedía. No le gustaba la ocupación, y si
alguna vez acompañaba a su padre, lo hacía con gran
desgano y con mayor disgusto.
Sucedió que una tarde, padre e hijo iban arreando
una tropa y tuvieron que vadear un río de torrentosa
corriente.
Llegados a un paso muy hondo, los animales
comenzaron a dispersarse. El viejo tropero ordenó a su
hijo que impidiese el desbande.
Tan mal cumplió el hijo la orden del padre, que éste
decidió hacerlo por sí mismo. Internó su caballo en la
hondura del río, y como allí había un remolino, la
fuerza del agua lo arrastró bien pronto. No pudiendo
nadar porque la resaca y la espuma lo envolvían, murió
ahogado el viejo tropero.
Lloró el hijo la muerte de su padre. Consideróse
culpable de ella y comenzó a sentir un arrepentimiento
profundo y un pesar muy grande.
Queriendo tranquilizar su conciencia y pagar el mal
que había hecho, decidió hacerse tropero. Así creía
poder consolarse de la pena que lo embargaba.
El muchacho se hizo tropero. Comenzó a encariñarse
con el oficio; trabajaba en él con alegre afán.
Silbaba de día mientras arreaba la tropa; o
haciendo la ronda, cantaba de noche "mirando hacia el
cielo".
El silbido del tropero era más bien el suspiro de
una alma que espera consuelo para su pesar.
Pero el consuelo no llegó nunca; y la calma del
joven tropero se convirtió en tormento.
-¡Pobre padre! -pensaba- ¡No se cumplirán nunca
sus deseos de hacer a su hijo un gaucho tropero!...
Agobiado por el dolor y el arrepentimiento, confióle
al fin su tristeza a un amigo, diciéndole:
-La pena me tortura y no puedo resistirla. Pronto
he de morir. Cuando mis huesos queden libres, arrójalos
uno a uno a los pasos o vados de los ríos y arroyos por
donde he pasado cuando acompañaba a mi padre, con gran
desprecio del trabajo y mala voluntad para cumplirlo.
Prometióle el noble amigo satisfacer su pedido, y
después de un tiempo, así lo hizo.
Dicen que el agua fue gastando poco a poco los
huesos del tropero arrepentido, y que después de largos años,
fueron esos huesos tomando la forma de huevos.
Dicen también que de cada uno de esos huevos nació
un pajarito.
Ese pajarito es el chingolo. Anda a saltitos para
recordarnos que aquel hijo que no amaba el trabajo y que
desobedeció a su padre, no pudo llegar a ser feliz.
Silba cuando canta, porque el tropero silba y canta
de día y de noche azuzando la tropa en la soledad de los
campos.
Estas
leyendas fueron adaptadas de la Biblioteca "Petaquita
de Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda
Perellón, Ed. Peuser, Bs. As. 1952 y de
"Antología Folklórica Argentina", del Consejo
Nacional de Educación, Kraft, 1940.
Material compilado y revisado por
la educadora argentina
Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com)
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