LEYENDA
CALCHAQUÍ
EL CRESPÍN
A lo
lejos, la montaña imponente se levantaba como una franja
azulada acercándose al cielo.
Las quebradas la recorrían en todas direcciones en
pliegues profundos que llegaban hasta el valle, allí
donde el pueblecito indígena, como formando parte de la
misma montaña, vivía su vida recia, altiva y misteriosa.
Las casas, de grandes lajas colocadas las unas
encima de las otras, sin cemento ni materia que las uniera
entre sí, estaban formadas por muros anchos y poco
elevados. Las habitaciones, cuadradas o rectangulares, tenían
aberturas con marcos de madera de cardón.
En una de esas casas vivían Crespín y su mujer,
Yurac, casados hacía poco tiempo.
Dedicados a las tareas de proveer a su nuevo hogar
de los útiles y enseres necesarios, y a labrar la tierra
para obtener el alimento indispensable, pocos eran los
momentos del día que parecían ociosos.
Era entonces cuando hacían largas caminatas hasta
el monte, las que aprovechaban para proveerse de frutos de
chañar, de molle, de mistol y de piquillín, y de miel de
lechiguana, de la que llenaban sendos cántaros de barro.
Crespín era muy hábil para labrar la tierra,
trabajar el cobre, la plata y la piedra y para modelar la
arcilla.
En piedra había pulido un hacha. Su trabajo
esmerado le valió la aprobación del cacique, cuya
competencia en esta clase de menesteres era bien conocida.
Se servía del hacha para cortar ramas de chañar y de
algarrobo que empleaba luego en la construcción de
telares, de armazones para cobertizos o cabañas, o que
utilizaba para hacer el fuego donde cocinaban los
alimentos.
Ídolos de barro cocido o esculpidos en piedra
representando animales sagrados como ampatus, suris y víboras
de dos cabezas figuraban entre sus trabajos preferidos, a
los que se agregaban los cántaros de barro de las formas
más diversas, que, pintados con guardas de colores, y
cocidos, lo reputaban como un eximio alfarero.
Yurac, por su parte, se distinguía en el arte de
la tejeduría. Hilaba la lana de vicuña y de guanaco con
gran destreza y las telas que producía en su telar eran
siempre perfectas.
Ambos esposos labraban la tierra, cultivando
zapallos, papas, maíz y porotos.
Estos eran también los trabajos a que se dedicaban
los restantes pobladores del valle calchaquí y que
matizaban con ceremonias religiosas o fiestas a las que
eran muy afectos.
Una de ellas, tal vez la más esperada, era la de
la recolección de la algarroba, fruto tan apetecido y
alimento tan completo que les proporcionaba pan y bebida.
Justamente en esa época, verano, los árboles
cargados de frutos en sazón, señalaban la época de la
cosecha.
Los coyuyos, por su parte, con el interminable
concierto de sus violines incansables, que desde hacía días
no cesaban de sonar de la mañana a la noche, eran como el
alerta del algarrobal que en forma tan ruidosa avisaba a
los habitantes del valle y de la sierra que sus vainas,
doradas de madurez, se ofrecían generosas en promesa de
nutritivo patay y de abundante aloja.
Esa mañana, muy de madrugada, una columna de
hombres, mujeres y niños salió en dirección al monte de
algarrobos llevando consigo los materiales necesarios para
instalarse allí. Iban contentos y dispuestos a despojar a
los árboles de sus frutos azucarados con los que llenarían
los depósitos en previsión de épocas de escasez.
Se instalaron en el monte. Allí levantaron sus
toldos, los que ocuparían mientras se llevara a cabo la
cosecha. Varios días duró la faena.
Una vez terminada la recolección, hombres y
mujeres se dedicaron a los festejos que se realizaban
todos los años en ocasión semejante.
Era la "Fiesta de la Algarroba", ritual
que se ofrendaba a la Pachamama y que esta vez fue, como
siempre, alegre y bulliciosa.
Ese día, muy temprano, grandes cantidades de
vainas de algarroba, molidas, se habían puesto a
fermentar en agua, llenando bilquis colocadas a la sombra
de los árboles.
Horas más tarde, este líquido sería la tan
codiciada aloja, bebida fresca que encendía el espíritu
y alegraba el corazón, y que constituía con la chicha,
el elemento principal de toda fiesta indígena.
Llegó la noche, y a los sones de la quena y de la
caja comenzaron los cantos y la danza
El entusiasmo fue en aumento a medida que los vasos
repletos de aloja pasaban de mano en mano y su contenido
desaparecía como por arte de magia.
En forma continuada cantaron y danzaron la noche
entera.
Llegó un momento en que los bailarines, extenuados
y turbados sus sentidos por las continuas libaciones,
quedaron dormidos bajo los árboles, al amparo del follaje
protector.
Así los sorprendió la aurora.
Días después, la vida cotidiana, sin variantes ni
alternativas, había retomado su curso en la tranquila
aldea indígena.
Los alfareros volvieron a modelar las vasijas de
arcilla; las tejedoras a tejer mantas y yacollas de vicuña
y de guanaco; los labradores a labrar la tierra, a recoger
maíz, zapallos o papas; y los cazadores a buscar en el
llano o en la montaña el guanaco, el suri o el armadillo
que les sirvieran de alimento.
Fue uno de ellos, uno de los cazadores, el que dio
la noticia.
En su peregrinar por valles y sierras, había oído
hablar a los indígenas de otras tribus de la llegada de
hombres extraños, de hombres blancos, que, manejando
armas diabólicas, invadían los territorios de los
indios, esclavizaban a los hombres, a los que obligaban a
trabajar en su beneficio, y se hacían servir por sus
mujeres.
Pronto corrió la noticia por toda la tribu.
Los rebeldes calchaquíes no podían admitir la
idea de verse privados de su libertad y de las tierras que
les pertenecían, y desde ese momento no se pensó en otra
cosa que no fuera en prepararse para combatir a los
invasores, dándoles su merecido.
El pueblo entero se dedicó a la fabricación de
arcos de maderas flexibles, de flechas de piedra pulida
con devoción, tarea ésta que realizaban dominados por el
odio que les merecía el extranjero.
Unidos en su ideal de amor a la tierra de sus
antepasados y a su propia libertad, los calchaquíes, raza
belicosa y valiente, se preparaban para dar su merecido a
los invasores, haciéndose el firme propósito de vencer o
morir en la contienda.
Crespín, uno de los más valientes guerreros de la
tribu, pulía con ensañamiento, puede decirse, su flecha
de obsidiana, y cada golpe a la piedra era una tácita,
pero real, promesa de lucha a muerte.
Junto a él, su mujer, Yurac, lo incitaba a la
pelea en defensa de sus más legítimos derechos.
Pasaron varias lunas. Las noticias de la llegada de
los extranjeros eran cada vez más desalentadoras. Se
acercaban, y a su paso, los pueblos eran dominados por sus
armas poderosas.
Las flechas fabricadas por Crespín sumaban ya una
gran cantidad, pero no había una sola entre todas ellas
que no llevara entre sus bordes aserrados el mismo
valiente y leal propósito: expulsar al enemigo, guardando
intacta y con el mayor celo la tierra de los antepasados.
Y llegó el día en que se tuvo la certeza del
momento decisivo: los extranjeros estaban muy cerca.
El Consejo de Ancianos se reunió de inmediato y se
tomaron decisiones inminentes.
Los guerreros prepararon sus armas, se alistaron,
se impartieron órdenes para organizar la lucha...
Era necesario esperar a los invasores en la montaña,
allí donde el indio encontrara una defensa natural que lo
pusiera a cubierto de los ataques de los blancos. Estos,
por el contrario, preferían el llano para combatir, pues
la montaña, con sus vericuetos desconocidos, con sus
hondas quebradas y sus peligrosos desfiladeros, favorecía
las emboscadas de los naturales, profundos conocedores de
sus secretos y de sus posibilidades.
Ya se hallaban todos preparados. Entre ellos se
distinguían los jefes, en cuyas cabezas lucían la vincha
sosteniendo la pluma roja que los señalaba como tales.
Allí estaba Crespín, valiente y decidido, que, al
despedirse de su esposa, sintiendo bullir en su sangre
guerrera el entusiasmo por la lucha, prometió:
-¡Hasta la vista, Yurac! ¡Venceremos a los
invasores y los arrojaremos de la tierra de nuestros
antepasados! ¡No abandonaremos la lucha hasta haberlo
conseguido! ¡Si así no sucediera, si nuestros genios
protectores nos abandonaran, una de mis flechas acabará
con mi vida! -agregó con amargura.
-¡Vuelve victorioso, Crespín! El honor de nuestra
raza reclama el valor y el arrojo de sus hijos. Él está
en vuestras manos, heroicos guerreros del cacique
Callpanchay...
-Si no volviera... -continuó más bajo Crespín-
¡no me olvides, Yurac! Ve al lugar donde haya quedado y
llámame, que al oírte, mi alma estará junto a la
tuya...
Yurac bajó la cabeza. Las lágrimas daban a sus
ojos renegridos un brillo de azabache que intensificaban
el deseo y la esperanza del triunfo.
-Volverás, Crespín... volverás... -pudo musitar
apenas.
Se despidió el guerrero. Desde lejos, las
huankaras, con sus sones monótonos y graves, llamaban a
la lucha.
Crespín, bravo y decidido, marchó al combate.
Los picos nevados de la cordillera fueron testigos
de largas caminatas por el llano y de penosas marchas por
los escarpados senderos y vericuetos de la montaña,
realizados por los guerreros.
Muchos habían quedado en el pucará para impedir
la entrada de los extranjeros a la aldea indígena donde
quedaban sus mujeres y sus hijos.
Los otros, continuaban adelante.
Entre estos últimos iba Crespín, cuyo valor y
entusiasmo lo colocaban siempre en primera línea.
Pasaron varias lunas y los guerreros no habían
vuelto aún.
Pero una noche en que la luna, desde el cielo, con
la mansedumbre de sus rayos de plata, velaba sobre el
pueblito indígena, la tranquilidad de la aldea fue
interrumpida por los gritos de uno de los muchachos que,
llegado del Pucará, traía una noticia que encerraba una
esperanza:
-¡Ya vienen! ¡Ya vienen! -no cesaba de gritar.
Por la quebrada del Runaorko bajaban los guerreros.
De lejos se los veía como una sierpe enorme deslizándose
por la falda de la montaña.
A mediodía, cuando el sol enviaba sus rayos más
fuertes a la tierra, llegaron los guerreros de Callpanchay.
Los recibieron con estridentes gritos de júbilo.
Parecía que habían vuelto todos... Los dioses los habían
protegido permitiéndoles el regreso.
Sin embargo, no estaban todos.
Yurac, con mirada ansiosa buscó a su marido. No lo
halló. Preguntó angustiada. Allpacinchi le respondió:
-Crespín, osado como siempre, sin medir las
consecuencias de su impulso, en un arranque de audacia y
de rebeldía, protegido por las sombras de la noche, corrió
al campamento extranjero decidido a dar muerte al jefe de
la expedición.
Yurac lo escuchaba ansiosa, temiendo conocer el
fatal desenlace de tan arriesgada aventura.
Allpacinchi continuó:
-Crespín fue descubierto antes de lograr su
intento y tomado prisionero. Pero su rebeldía y su
orgullo lo obligaron a realizar una acción desesperada.
Tomó la flecha envenenada que llevaba en previsión del
fracaso de sus planes y en el silencio de la noche y en la
soledad del calabozo donde fuera recluido, se la clavó en
el corazón.
Un sollozo contenido se escapó del pecho de Yurac,
que, creyendo morir, volvió a su casa, y allí se entregó
a la más cruel desesperación, llorando amargamente.
Cuando se hubo calmado, recordó a su marido los
momentos felices vividos en él, sus conversaciones, sus
consejos...
De improviso se reprodujeron en su mente las
palabras de Crespín antes de partir:
-Si no volviera... ¡no me olvides, Yurac! Ve al
lugar donde haya quedado y llámame, que al oírte, mi
alma estará junto a la tuya...
Esas fueron las últimas palabras oídas a Crespín.
Agradeció Yurac a los genios tutelares que las habían
traído a su memoria, y decidió cumplir el deseo del
esposo.
Sonrió dulcemente, como si hubiera hallado la
forma de unirse a su marido, tomó la yacolla, la pasó
por su cabeza y así defendida y preparada para soportar
los fríos intensos de la cordillera, salió en dirección
a la montaña, en dirección al lugar donde había quedado
Crespín.
Mucho tuvo que andar, muchos fueron los peligros a
que estuvo expuesta, pero nada logró detenerla. Un propósito
firme la sostenía y le daba fuerzas: iba en busca de
Crespín y tenía que hallarlo.
Cuando llegó al lugar donde su esposo encontró la
muerte, lo llamó con suavidad:
-¡Crespín...! ¡Crespín...!
Nadie le respondió. Nadie acudió a su llamado
ansioso.
Volvió a repetir el nombre amado, esta vez con
mayor energía, con el propósito de que su voz llegara
hasta los confines de la montaña. Fue en vano. Nadie
respondió a sus llamados insistentes...
Medio enloquecida por el dolor y la desesperación,
corrió en todas direcciones, repitiendo angustiada:
-¡Crespín...! ¡Crespín...! ¡Crespín...!
El resultado fue el mismo. Ni una voz, ni una
respuesta en esas soledades. Sólo el eco se encargaba de
reproducir el doloroso llamado que era ya un lamento:
-¡Crespín...! ¡Crespín...! ¡Crespín...!
La razón de la infeliz Yurac comenzó a nublarse.
Su desesperación la llevó hasta la locura, impulsándola
a recorrer en carreras locas la montaña, el llano y la
quebrada, repitiendo sin cesar la única palabra que eran
capaces de pronunciar sus labios:
-¡Crespín...! ¡Crespín...!
En su extravío, vio de pronto una mancha oscura en
la cima de la montaña. Creyendo que fuera por fin su
marido, intentó llegar hasta él y siguió su ascención
por las escarpadas laderas, sin sentir las piedras que se
clavaban en sus pies y desgarraban sus manos.
Sólo el hambre, la sed y la fatiga la vencían.
Entonces, caía al suelo rendida y al comprobar la
inutilidad de sus esfuerzos por llegar a la cumbre,
lloraba su desgracia, desesperanzada e impotente.
Al pasar los días, su aspecto se fue
transformando. Su piel, merced a los rigores del clima y a
los vientos recios que soplan continuamente en la montaña,
se fue endureciendo y secando su rostro enjuto del que
resaltaban los ojos, rojos y cansados de tanto llorar.
Sus ropas, deshechas por las piedras, caían en
sucias hebras de lana que apenas la cubrían.
Un único indicio de vida quedaba en ese cuerpo
desfallecido y aniquilado que sólo alentaba para repetir
incesante:
-¡Crespín...! ¡Crespín...!
Un día no pudo levantarse más. Estaba extenuada.
Sus ojos, en ansiosa mirada hacia la cumbre, expresaban su
angustioso deseo de llegar.
Levantó con dificultad sus brazos en un último,
desesperado esfuerzo, y entonces, sin poder creer en lo
que le ocurría -tan maravilloso era-, se sintió
levantada por una fuerza poderosa... los girones de sus
ropas se transformaban en plumas de color pardo, como el
de la yacolla que la cubría, y sus brazos, convertidos en
dos alas, la ayudaban a elevarse más y más en el
espacio...
Una alegría inmensa la invadió. ¡Ahora sí que
podría llegar hasta la cima! ¡Ahora sí que podría
reunirse con su esposo que allí la esperaba! Su deseo
convertiríase en realidad.
La esperanza volvió a su alma y en un grito,
mezcla de contento y de dolor contenido, no cesó de
llamar:
-¡Crespín...! ¡Crespín...!
Desde entonces, este pájaro, nacido de la conjunción
del amor y de la fidelidad de una esposa, deja oír el
tono lastimero de su grito, llamando al esposo que aun no
ha podido encontrar:
-¡Crespín...! ¡Crespín...!
Referencia
El Crespín pertenece a la familia de los cucúlidos.
Es un ave de plumaje pardo ceniciento; en el pecho,
blanco pardusco, lo mismo que en la garganta y el abdomen.
Tiene una estría blanca sobre los ojos.
Se caracteriza por tener el pico fuerte, de tamaño
regular y un poco encorvado hacia abajo, sobresaliendo el
maxilar superior.
Las alas son cortas y la cola larga, abierta.
Es ave inquieta, errante y desconfiada, que habita
en bosques y montes, aprovechando para vivir los nidos de
otras aves.
Pone huevos blancos.
Tiene un grito triste, en cuya interpretación se
origina su nombre.
En Santiago del Estero se lo llama: Chic-kin, Chid-kin,
Chip-kin o Chif-kin; en Corrientes, Chochí; los guaraníes
le decían Che-cy.
Es notable cómo engaña con su grito en lo
referente al lugar donde se encuentra.
Vive escondido en los montes, dejándose ver y oír,
preferentemente por la tarde, de noviembre a enero, época
que coincide con la cosecha, volando muy veloz sobre los
trigales maduros.
Siempre anda solo.
El naturalista argentino Dr. Eduardo Holmberg
observó que su canto tristísimo, es diferente cuando hay
mal tiempo, y cuando esto sucede, anuncia lluvia con dos
horas de anticipación.
Díaz Usandivaras señala que no canta, sino que
silba.
En nuestro país habita en Córdoba, Santiago del
estero, Tucumán, Salta, Catamarca, la Rioja, Chaco,
Formosa, Entre Ríos, Corrientes y Buenos Aires.
Estas
leyendas fueron adaptadas de la Biblioteca "Petaquita
de Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda
Perellón, Ed. Peuser, Bs. As. 1952 y de
"Antología Folklórica Argentina", del Consejo
Nacional de Educación, Kraft, 1940.
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