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Material compilado y revisado por la educadora argentina Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com) La
leyenda del jurunda Cerca
del río, los chiquilines pescan. Tiran sus precarios
anzuelos en cuya punta danzan alguna lombriz y, atentos,
esperan el pique. Muchas veces pasan horas hasta que pueden
engañar a algún pez. Las más de las veces los peces se
acercan al anzuelo, miran a la lombriz que se retuerce todavía
bajo el agua, la olisquean y se van quizá riéndose de la
ingenua manera de pescar de esos chiquilines. Pero
ellos son felices. Estar
junto a las aguas del río los hace felices. De
vez en cuando se cansan de esperar y entonces se dan un
chapuzón. Claro
que no se aventuran a acercarse al remanso que desde el
recodo del río los mira con sus negros ojos. Pero en el
remanso era donde más gusto da pescar. Allí se pueden
atrapar los mejores peces. El remanso es para los más
osados y sólo uno de aquellos chiquilines se atreve a
pescar en ese lugar. Es que el riesgo de resbalar y caer es
grande. Y si se cae allí... “Se
enfurece el Ypóra
y te arrastra hasta el fondo del río, te entierra en el
barro te cubre de ramas, te ahoga y ya no te deja regresar.
Ni tu cuerpo van a encontrar si te caés ahí...” le dice
uno de los amigos al más audaz. Pero
el chiquilín no hace caso. Lo
que más le gusta es tentar al remanso. Se
acerca siempre solo y allí tiende la línea con el anzuelo.
Una vez hasta sacó un dorado de allí. Claro que su padre
lo felicitó por la pesca pero también le advirtió que no
debía arriesgarse tanto, “Ypóra
puede enojarse contigo si eres tan obstinado”, le dijo. Todo
reto, toda advertencia era de balde. El
chiquilín no tenía oídos para recomendaciones, obedecía
más que nada al llamado de la sangre. Había nacido
aventurero y nadie podía impedirlo. Eso pensaba su padre.
Aunque no dejara de llamarle la atención y de poner cuidado
en él toda vez que podía. Un
día iba del brazo de su madre a una fiesta en el pueblo.
Parecía muy contento de acompañarle, pero lo cierto es que
al primer descuido, el chiquilín desapareció. ¿Dónde
estará? No desesperó la madre, conociendo el temperamento
de su hijo, mas al pasar las horas y no verlo regresar
comenzó a asustarse. ¿Dónde se habrá ido? se preguntaba
la madre ahora desesperada. Al fin decidió buscarlo a
orillas de río. Cuando
la madre llegó el chico ya no estaba en la orilla, había
caído al agua, el remanso lo había arrastrado pero él había
logrado asirse a un tronco y giraba y giraba en el remanso.
La madre al verlo dio un grito de espanto y sin pensar que
podía ayudarlo mejor de otra manera, se arrojó al agua
para salvarlo. “¡No, madre!”, gritó el chiquilín que
conocía la fuerza del remanso. Pero ya era tarde. La madre
ya era arrastrada por el remolino implacable. Los círculos
de agua le apretaban el pecho y la arrastraban hacia el
fondo. Aún tuvo tiempo para una mirada última a su amado
hijo que, con lágrimas en los ojos contemplaba lo
inevitable. El
agua dulce del río le mojaba el cuerpo. El
agua salada de las lágrimas le mojaba el rostro. Miró
hacia el fondo del río y vio dos ojos verdes que también
le miraban desde el fondo del agua. Una mirada terrible que
surgía de la oscuridad total de las aguas. “Has
sido castigado”, dijo una voz que resonó profunda, “por
tu culpa tu madre ha muerto. Ypóra
te condena: desde hoy obligatoriamente seguirás el curso de
los ríos, intrincado como tus deseos. Pescar era tu alegría,
pues pescarás toda tu vida y más aún. Te pondré plumas
de colores, volarás a ras del agua y perseguirás a los
peces. Pero los chicos como tú te perseguirán por siempre.
No te será posible cantar, pero cada vez que lo intentes un
graznido seco saldrá de tu garganta para recordarte que tu
madre ha muerto por tu culpa.” Despareció
la mirada luminosa del fondo del río. Y el martín pescador
que ahora estaba posado en el tronco se alejó volando sobre
el rumor de las aguas.
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