LEYENDA
DIAGUITA
KEO
Desde
lo alto del cerro, el valle se percibe como una mancha
oscura velada por la niebla.
Las montañas, gigantes de piedra que tratan de
alcanzar el cielo, ostentan sus cimas blancas de nieve y
sus quebradas profundas que, a manera de pliegues
inmensos, surcan la ladera.
El silencio hondo y perfecto sólo es interrumpido
por el vuelo de algún cóndor que, extendiendo majestuoso
el abanico de sus alas y describiendo una espiral en el
espacio, emprende vuelo hacia las alturas.
Silencio y soledad reinan en el gris azulado del
instante que precede a la aurora. De pronto, sin transición,
como bajo el influjo de algún genio misterioso, la nieve
de las altas cumbres refulge con brillo de oro y el cielo
se tiñe de rosa y de violado añil.
El paisaje toma vida y relieve. El verde se destaca
sobre el castaño de la piedra, y la niebla, que envolvía
al valle, comienza a desvanecerse. Es que el sol,
venciendo a las tinieblas de la noche, llega a la tierra
con sus rayos luminosos.
De pie, junto a un cardón que eleva sus brazos al
cielo, una hermosa doncella en actitud ansiosa, la mirada
hacia oriente, aguarda la caricia de esos rayos sobre su
rostro, sobre sus manos, sobre su cuerpo todo, y el Inti,
señor y rey de vida y de energía, que rige y gobierna
los días, los años y las estaciones, magnánimo y
generoso, la cubre con el calor de su luz.
Satisfecha en su deseo, la niña emprende el camino
de vuelta hacia la aldea de donde salió cuando las
estrellas salpicaban el cielo con puntos de luz y Mama
Quilla iluminaba los caminos convirtiéndolos en cintas de
plata...
Con mano suave toma los cordones de lana que caen
del cuello de la llama blanca que siempre la acompaña, y
seguida por el animalito, con paso elástico, ágil y
esbelta, desciende por los senderos de la montaña.
La belleza de la muchacha la hace inconfundible en
la región. Es Keo, la hija del cacique Choro que, como
todos los días, acude a presenciar el nacimiento del día
desde el cerro más cercano para que el sol llegue hasta
ella antes que hasta los demás...
La joven se acerca. A corta distancia su belleza es
bien visible. En su rostro fino, de color cobrizo,
resaltan los ojos grandes y negros de mirada ausente y la
boca roja de expresión cordial.
Sobre su cabello lacio y renegrido peinado en dos
simbas, lucen su color azul violáceo las flores de tarco
con que se ha adornado.
Sobre el vestido, especie de camisa larga con
mangas, lleva una fina manta de lana de vicuña con
diversas guardas de variados dibujos en colores brillantes
y calza sus pies con ojotas de cuero que le permiten
caminar segura sobre las piedras del camino.
Marcha, y su mirada ausente, levantada hacia el
cielo, se posa en Inti, que a través de las nubes le envía
sus rayos oblicuos.
Esa es su mayor felicidad, la que pone en su boca
un gesto de dulzura, da brillo a sus ojos y firmeza a su
andar.
Sin haber dejado un instante de mirar al sol, llega
a la casa de su padre. Es de forma rectangular, construida
en el valle con piedras colocadas las unas sobre las
otras, de muros anchos y poco elevados y puertas bajas con
marcos de madera cardón.
Grandes árboles la rodean. Detrás de la casa, un
grupo de algarrobos ostenta su floración amarilla
mientras a un lado, un yuchán y un samohú ofrecen la
belleza de sus flores recortadas sobre el azul del cielo
como estrellas blancas y rosadas.
Las mariposas cruzan el aire semejando pétalos
desprendidos de alguna planta maravillosa, mientras los pájaros,
con trinos de cristal y cantos melodiosos, se suman a la
armonía del paisaje.
La niña se detiene. Extasiada contempla la fantástica
belleza que la rodea y otra vez sus ojos se dirigen al
cielo para fijarlos en Inti, que brilla y reina absoluto
en las alturas. Una adoración sin límites transforma el
rostro de Keo, sublimizando su expresión, cuando una voz,
venida del interior de la casa, la vuelve a la realidad:
-¡Keo...! ¡Keo...!
Se sobresalta la niña, y dando unos pasos continúa
la interrumpida marcha al tiempo que responde:
-¡Ya vy madre! ¡Ya voy...!
Su voz, de inflexiones cálidas, es tan dulce como
la mirada tierna de sus ojos negros.
La madre sale a recibirla. Es una mujer joven, de
mediana estatura, de tez cobriza, salientes pómulos y
mirada vivaz. Peina su cabello lacio y negro en trenzas
que, recogidas en forma de moños sobre ambos lados de la
cabeza, sujeta con una vincha de color vivo.
Hay cierto reproche en la voz cuando se dirige a su
hija:
-¡Otra vez, Keo! ¿Qué fin te lleva tan temprano
a lo alto de la montaña?
-Inti me llama, madre, y desde allí lo veo
aparecer antes que nadie. Yo soy la primera que descubre
su fulgor sobre las cimas nevadas y la primera a quien
acarician sus rayos de fuego -respondió muy suave la niña.
Movió la madre la cabeza, mientras Keo conducía
la llama hasta un corral de pircas donde la dejó. Luego,
como acostumbraba hacerlo diariamente, se instaló ante un
telar colocado bajo las ramas protectoras de un tarco en
flor.
Una manta empezada mostraba la policromía de sus
grecas variadas, en las que el blanco, el negro y el rojo,
resaltaban sobre el ocre del fondo.
Trabajó Keo sin cesar. Muchas veces pasó el
ovillo de lana de llama por los lizos, separados al golpe
de los pedales, y muchas veces con el peine golpeó la
tela para apretar el tejido y hacerlo compacto. Muchas
veces cambió el color de la lana y el dibujo que formaba
las guardas. Pero cumplía mecánicamente la tarea. Su
pensamiento estaba en lo alto, donde Inti brillaba en todo
su esplendor.
Con tenues pasos se acercó la madre. Su llegada no
fue advertida por la joven que continuaba su tarea
ensimismada y como ajena a todo lo que no fuera el Inti
soberano, dueño de su alma y de sus pensamientos.
-Keo... Keo... -la llamó.
Volvió la niña la cabeza y recién notó la
presencia de su madre.
-Keo... -insistió-, tu padre quería hablarte,
pero te habías ido... Debe comunicarte algo importante...
que tú tendrás que resolver...
-¿De qué se trata, madre?
-Ya te lo dirá él a su vuelta... Ha ido a
consultar al machi...
Decayó el interés de la niña, que volvió a
aislarse en sus pensamientos.
La madre, decepcionada, movió la cabeza con gesto
impotente y se dirigió a la casa en busca de las madejas
de lana que debía teñir.
Cerca del telar en el que trabajaba Keo, estaban
dispuestas las ollas de barro conteniendo las tintas
previamente preparadas. La primera, de color marrón,
lograda con resina de algarrobo; la segunda, roja, con
cochinilla colorada, y la tercera, amarilla, preparada con
chilca.
Volvió la madre con las madejas listas para ser
sometidas al teñido y las echó en los recipientes que
colocó luego sobre el fuego a fin de hacer hervir su
contenido.
Mientras tanto, Keo, callada y distante, continuaba
su labor. Sólo se oís el ruido que hacía el pedal al
ser golpeado para separar los lizos.
En ese instante en que el sol se ocultó detrás de
una nube y la tierra, falta de su esplendor, pareció
ensombrecida, Keo, libre del poderoso influjo ejercido por
el astro, abandonó por un instante el telar y dirigiéndose
a su madre, que en ese momento procedía a colocar las
madejas teñidas en salvado de maíz y agua donde debían
quedar durante tres días, le preguntó:
-Madre, ¿sabes para qué me buscaba mi padre?
-Sí, hija, lo sé.
-¿Para qué, madre? -volvió a preguntar,
interesada-. Lo sabes y no me lo dices... Para nada bueno
será, sin duda.
-Espera a tu padre. No debo ser yo quien te entere.
Ten un poco de paciencia...
Keo no insistió. Por breves instantes quedó
pensativa. De pronto todo su interés desapareció. Fue
cuando el sol, libre ya de la nube que lo ocultaba, desde
un cielo limpio y muy azul, la bañaba nuevamente con su
luz de oro. Hacia él dirigió su mirada ausente y olvidó
todo cuanto la rodeaba.
Momentos después llegaba el cacique, su padre,
acompañado por dos extranjeros vestidos como para las
grandes ocasiones.
Llevaban vinchas de colores que se prolongaban
hasta el hombro izquierdo. Cubrían su cuerpo con túnicas
blancas, sujetas a la cintura por ancho cinturón de
plumas de suri cayendo hasta las rodillas y calzaban
medias largas de lana y ojotas de cuero.
Llamó el cacique a su hija. Los extranjeros la
hicieron objeto de los más respetuosos homenajes que
asombraron a la niña, ignorante de la razón que los había
llevado a las posesiones de su padre. Azorada, agradecía
Keo tales atenciones, mientras con expresión interrogante
miraba a su padre.
Uno de los desconocidos se adelantó, entregándole
un manojo de valiosas plumas de suri, mientras el otro le
ofrecía una finísima manta de lana de vicuña.
Volvió a agradecer la niña con palabra amable,
cuando atónita oyó a su padre que decía:
-Carahuay y Huamango son los enviados del gran
curaca Sinchica que, enamorado de tu belleza desea hacerte
su esposa.
-¿A mí, padre? Si no me conoce...
-Eso crees tú, hija mía: pero te equivocas.
Sinchica te ha visto en una de tus idas al cerro, de mañana
muy temprano, y se ha enamorado de ti. Sus enviados vienen
en busca de tu decisión.
-¡No puede ser, padre! ¡No puede ser! -lo
interrumpió Keo, el acento implorante y la voz dolorida.
Choro frunció el entrecejo, clavó en su hija una
mirada colérica y preguntó iracundo:
-¿Por qué no puede ser? ¿Quién lo impide?
-¡Es imposible, padre! Te lo suplico, ¡no me
preguntes más! -agregó la niña en un ruego.
Intrigado quedó el cacique ante la insólita
actitud de su hija, cuya sumisión a sus padres era uno de
los más encomiables rasgos de su carácter.
Defraudado en sus esperanzas, el curaca hizo un
gesto indignado, levantó el brazo derecho y señalando la
casa de piedra que le servía de vivienda, ordenó:
-¡Ve a nuestra casa y espérame allí!
Cabizbaja acató la niña la orden del cacique y
con paso lento marchó por el camino sombreado por añosos
y corpulentos chañares.
En la casa, la madre esperaba ansiosa el resultado
de la demanda.
Nada preguntó a Keo al verla llegar. La expresión
de su rostro le dijo bien a las claras que su hija no había
aceptado.
Lo lamentó la madre muy de veras. Sinchica era el
más poderoso de los caciques de la región, famoso por su
valor, por sus hazañas guerreras y por sus riquezas
fabulosas que lo convertían en el pretendiente más
codiciado del país. Eran muchas las doncellas que se
hubieran sentido muy felices y orgullosas ante un
requerimiento del apuesto Sinchica.
Nadie podía comprender la extraña actitud de la
hija del curaca. Sin embargo, no era la primera vez que
esto sucedía. Otros pretendientes fueron rechazados por
la hermosa Keo en anteriores ocasiones.
Intrigado Choro, se propuso obtener de su hija una
completa confesión. Llegó a su casa y la llamó a su
presencia.
Se presentó la niña, y sin levantar la vista, en
actitud sumisa, imploró:
-Perdóname padre, el disgusto que te he causado
hace un momento; pero la respuesta no podía ser otra
cosa... ¡Yo no puedo ser la esposa de Sinchica!
Volvió el padre a endurecer sus facciones ante la
obstinación de su hija, y con cierta ironía preguntó
otra vez:
-¿Es posible, por lo menos, conocer el motivo de
tu resolución?
-¡No me preguntes, padre! ¡Hazme ese favor!
-¡No hay razón que yo deba ignorar! ¿O has
olvidado que eres mi hija? -y agregó enérgico-: ¡Ahora
te exijo que confieses el motivo de tu negativa!
Los ojos de Keo se llenaron de lágrimas. Elevó su
mirada al cielo, donde Inti seguía brillando a juzgar por
el rayo que se colaba en la habitación a través de la
puerta entreabierta, y como si lo llamara en su auxilio en
una plegaria muda, salió al exterior y quedó
contemplando el disco de fuego que la bañaba con su luz.
El curaca, que la había seguido, contemplaba atónito
la actitud de su hija sin poderla comprender.
Luego de breves instantes, bajó Keo la vista y con
palabra cortada por los sollozos, respondió a su padre:
-¡Padre mío! Inti me ha llamado desde el cielo y
deseo consagrarme a él. ¡Yo seré una de sus ñustas y
le ofrendaré mi vida! Sólo podré casarme si uno de sus
rayos, encarnado en un joven guerrero, llega hasta
nosotros. Mientras esto no suceda, aquí estaré yo, feliz
con vosotros y feliz de cumplir el destino que Inti ha señalado
para mí...
Trató de convencerla el padre. Trató la madre de
explicarle la conveniencia de su unión con el poderoso
Sinchica, mostrándole el brillante porvenir que la
esperaba. Todo fue inútil. La doncella se había
prometido a Inti y nada la haría desistir de su promesa.
No era Sinchica persona que se dejara vencer por un
fracaso. Decidido a conseguir a Keo por esposa, resolvió
ser él quien se dirigiera a la tribu de Choro para hacer
la petición por sí mismo, y en un amanecer glorioso, en
que el cielo parecía haber reunido las más hermosas
tonalidades del iris, partió el joven cacique en dirección
al sur, allí donde moraba la dueña de sus pensamientos
que él deseaba convertir en soberana de su pueblo.
Lo acompañaba un séquito cargado con los
presentes más valiosos, seguido por una recua de llamas
blancas.
Al frente, destacándose entre todos por su
apostura y por su altivez, la cabeza erguida, dominante,
ornada por una diadema de plumas, iba Sinchica en su
kallapu, conducida por cuatro fornidos muchachos.
Valiosas piezas de oro y de plata, cinceladas,
adornaban al joven curaca.
Dos emisarios se adelantaron para anunciar la
llegada del cacique. Conducidos a presencia de Choro,
cumplieron la misión que les encomendara su señor,
entregando de antemano los presentes que aquél enviaba al
cacique, consistentes en una hermosa piel de jaguar, una
manta de piel de guanaco y un collar de piedras blancas
con manchas rojas.
Dio orden el viejo curaca de realizar los
preparativos para recibir dignamente al honorable
visitante.
Bajo el gran tacu cubierto de flores amarillas, se
colocaron las vasijas de barro repletas de aloja.
Keo debió, a su pesar, engalanarse con las prendas
más finas sujetas con topos de plata y esmeraldas.
Su cabello lacio y muy negro, dividido en el centro
de la cabeza, repartía en dos simbas que caían sobre su
espalda atadas entre sí por medio de una cinta de lana
terminada con borlitas de colores.
Aros de finísimas láminas de plata en forma de
trapecios, pendían de sus orejas pequeñas.
Llegado el instante de enfrentarse con el poderoso
pretendiente, la doncella se negó a hacerlo; pero el
padre, esperanzado hasta último momento, y midiendo las
graves consecuencias que podría causarle este desaire
hecho a la persona del altivo cacique, la obligó a
presentarse.
Cuando el viajero y su séquito aparecieron a la
distancia, el curaca y su hija lo esperaban bajo el árbol
sagrado, el tacu secular, testigo de tantas escenas
gloriosas.
Bajó Sinchica de su kallapu. Su apuesta figura se
destacó sobre el fondo oscuro de la montaña, revelando
al poderoso señor.
Llevaba el cabello, largo y lacio, peinado en
simbas que se anudaban artísticamente sobre la cabeza. El
llauto con borla que caía hacia la izquierda, y un
brazalete en su brazo derecho, eran símbolos de su
autoridad.
Sobre su pecho, en un escudo de cuero, se hallaban
pintados un uturuncu y un kúntur, correspondientes al
signo de la tribu.
Saludó Sinchica, y Choro dio la bienvenida. Keo,
sumisa, bajó la vista y detuvo su mirada en la tierra.
El más importante de los guerreros del séquito
alcanzó a su señor una vasija de barro que él, a su
vez, ofreció a la hermosa doncella. Ella, en sumisa
actitud, no osaba aceptar el presente; pero una palabra de
su padre fue suficiente para que la hija, extendiendo
ambas manos recibiera la ofrenda de Sinchica y le
agradeciera al poderoso curaca.
Este sacó de la vasija un collar de malaquitas que
colocó alrededor del cuello de Keo y varios brazaletes de
huaicas, de plata y de oro con los que adornó sus brazos.
Volvió a agradecer la doncella, pero la mirada
suplicante con que acompañó sus palabras, dio a entender
al noble pretendiente, que sólo un acto de obediencia al
padre, había obligado a la niña a aceptar los
principescos obsequios.
Una vez cumplidas estas ceremonias, el viejo
cacique presentó a su huésped un vaso de barro colmado
de alija y ambos jefes bebieron haciendo votos por una
eterna amistad entre los dos pueblos.
Pero no debía durar mucho tiempo tanta
cordialidad.
Cuando se trató el asunto, motivo de la visita de
Sinchica, el ambiente cambió.
Keo, firme en su propósito, se negaba a aceptar
por esposo al magnífico curaca.
De nada valieron los reiterados ruegos del padre
hechos en todos los tonos. La decisión de la muchacha era
irrevocable.
El orgullo de Sinchica no podía admitir un fracaso
que suponía el derrumbe de sus más caros proyectos, y
colérico emprendió el regreso a sus dominios no sin
antes haber gritado su propósito de vengarse de la que él
suponía orgullosa doncella.
Dolorosa era la tristeza que embargaba al altivo
curaca, sólo superada por el profundo rencor que lo
dominaba.
En el largo y penoso camino que debió recorrer, únicamente
amargos pensamientos y funestos propósitos de venganza
colmaron su mente.
Llegado a sus dominios, puso de inmediato el mayor
empeño en llevar a cabo sus intentos.
Llamó a su presencia al machi más famoso de la
tribu. Le ordenó que pidiera a los dioses un castigo para
la doncella que lo hiciera víctima de su desprecio.
Hizo el adivino ciertas mezclas de hierbas secas
que molió en un mortero de piedra; las quemó acompañándolas
con saltos, movimientos de manos y palabras raras. Luego,
abriendo los brazos, quedó ensimismado, mirando el humo
que producían las hierbas al quemarse y que se elevaba en
giros diversos.
De pronto su cara se iluminó y sus ojillos, de
mirada penetrante, brillaron. Había interpretado, de
acuerdo a su ciencia, las formas adoptadas por el humo al
subir, y decía:
-Ampatu ha de ayudarnos. Necesito cuatro cabellos
de la orgullosa doncella que hayan quedado en el peine,
luego de peinarse.
-Los tendrás, machi, y también llegará tu
recompensa si consigo ver cumplidos mis deseos.
Se retiró Sinchica esperanzado y esa misma tarde
partió en emisario en busca de los cuatro cabellos de Keo.
Varios días tardó en volver; pero cuando llegó,
traía triunfante lo que se le había encargado y mucho más.
Dentro de una chuspa traía el peine tal como lo dejara
Keo después de peinarse. Entre los dientes del mismo,
consistentes en espinas de cardón sujetas entre dos
palitos por ataduras de lanas que les prestaban
resistencia, habían quedado muchos cabellos de las negras
simbas de Keo.
Así fueron entregados al machi que, de todos, sólo
tomó cuatro, los hizo ovillo y envolviéndolos en un
trapo, lo traspasó varias veces con espinas.
Tomó luego un sapo, lo puso panza arriba en la
puerta de la vivienda, y levantando en alto, sobre el
animal, el pequeño envoltorio de cabellos, trapo y
espinas, repitió varias veces el nombre de la víctima señalada,
acompañándolo con sonidos guturales sin duda destinados
a invocar la ayuda del ampatu, enviado de Súpay a la
tierra.
De inmediato habló el hechicero:
-Has sido complacido, mi señor. Keo, la ingrata
que te despreció por el sol, perderá su forma humana y
transformada en una ave pequeña e insignificante huirá
de la tribu de su padre para vivir a la orilla de ríos y
de lagunas adorando al sol que se reflejará en las aguas.
A nadie responderá cuando la llamen. Sólo oirá la voz y
obedecerá los mandatos de aquél que espera en vano sobre
la tierra. De su persona, solamente quedará como recuerdo
su nombre, pues así se la continuará llamando:
-Keo... Keo...
Lo miró incrédulo el cacique y el machi,
respondiendo a sus pensamientos, agregó:
-Marcha hacia el cerro, y mañana muy temprano,
cuando el Inti aparezca por oriente, verás a la nueva Keo
que junto al arroyo que serpentea entre jarillas y
achiras, la mirada dirigida al cielo y como ausente de la
tierra, estará en muda contemplación de su adorado.
Marchóse Sinchica.
Cuando amaneció tal como se lo indicara el machi,
se hallaba en el cerro y tal como aquél lo predijera,
también, allí había una especie de perdiz que, abstraída,
mirando al sol, ni siquiera lo oyó llegar...
Referencias
El
keo es un ave de la familia de la perdiz, aunque de mayor
tamaño. Su carne es preferida a la de la perdiz por ser más
delicada.
Habita en la falda de los cerros, cerca de las
vertientes.
Se tiene la creencia de que cuando canta por la mañana
va a hacer buen tiempo, y si lo hace por la noche, al día
siguiente será ventoso.
Estos animalitos tienen una costumbre muy original.
Cuando se reúnen varios de ellos, forman una rueda,
afirmando cada uno su pico en el ala izquierda del que se
halla a su lado. Cuando la rueda ha quedado cerrada, dan
vueltas alrededor de uno de ellos que ha quedado en el
centro. Después de algunos instantes y cuando seguramente
comienzan a sentir los efectos del mareo, cambian de
dirección y dan vueltas en sentido inverso.
Esto que podríamos llamar la danza de los keos, se
repite por varios instantes.
Estas
leyendas fueron adaptadas de la Biblioteca "Petaquita
de Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda
Perellón, Ed. Peuser, Bs. As. 1952 y de
"Antología Folklórica Argentina", del Consejo
Nacional de Educación, Kraft, 1940.
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