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Material compilado y revisado por la educadora argentina Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com)
La leyenda de
Ka’a Sentada
sobre el borde rocoso del arroyo una bella joven juega
metiendo sus pies en el agua. Las gotas que levanta
vuelven al cauce más brillantes que antes, como tocadas
por una varita mágica. Un ave de blanco plumaje bebe a
orillas del arroyo. La muchacha observa al ave. El
tiempo parece inexistente a esta hora de la tarde. Nadie más
se ve en las inmediaciones. El pájaro bebiendo a sorbos
pequeños, picotea el agua. Ka’a
juega con el agua. Los pies de la niña y el agua del
arroyo son lo único móvil. No hay una gota de viento.
Las plantas parecen expectantes. Del
otro lado del arroyo una enmarañada vegetación de verdes
fulgurantes. De este lado, las piedras y una amplia
extensión de doradas arenas. La tierra parece detenerse a
observar la imagen de la chica en el arroyo. De la
espesura surge de pronto una pequeña caravana. Va
encabezada por un hombre joven, alto y altivo. Ka’a nota a la caravana porque un momento antes de aparecer,
el ave levanta vuelo asustada dejando en el aire un
graznido que ahora flota sobre la cabeza de quienes van
cruzando el arroyo sobre las piedras. El hombre que
encabeza la caravana llama la atención de Ka’a. Es alto y fuerte. Su mirada está clavada en algo con
fijeza, pero Ka’a
no sabe precisar dónde. Su mirada resulta irresistible
para la joven que con los pies en el agua observa a los
forasteros. Ninguno de ellos parece percatarse de la
presencia en la costa. Pasan muy cerca de donde está Ka’a
pero nadie dirige un saludo ni una mirada. Los largos
pasos del hombre se adentran en un estrecho sendero y se
pierden en un recodo. Más
tarde, Ka’a
vuelve a la aldea y cuando cae la noche procura descansar.
La fiera mirada del forastero que ha visto durante la
tarde le inquieta. Ha perdido su habitual tranquilidad.
Hay una vibración extraña en la joven. Nunca se ha
sentido de esa forma. Da vueltas en su hamaca sin poder
conciliar el sueño durante horas. Cuando la noche ya está
muy avanzada el sueño la vence y cae en una especie de
sopor. En sueños los negros ojos del forastero le calan
el corazón. El
sol alarga su luminoso cuerpo cuando Ka’a
despierta. Despierta posiblemente al escuchar una voz
desconocida. Su padre conversa con alguien. Ka’a
se queda quieta en su hamaca. Su padre conversa con el
hombre de la caravana. Y el hombre al que ahora puede ver
de cerca está relatando los objetivos que lo han traído
hasta las tierras de Ka’a. “Como
avare mbya tengo
la misión de recorrer estas tierras en busca de una gran
ofrenda para el templo de Mbaeveraguasu.
Es bien conocida la riqueza en metales preciosos que se da
en estas tierras y los mbya
queremos recorrerla sin chocar con nadie”. “Délo
por hecho”, contestó secamente el padre de Ka’a. Ka’a no pudo evitar la fascinación que la mirada de aquel
joven sacerdote despertaba en ella y estuvo viéndolo a
través del tejido de la hamaca en la que, ya despierta
procuraba ni siquiera respirar para que nadie advirtiera
su presencia. En aquella incómoda posición, Ka’a recordó todo lo que de los mbya
había escuchado en el pasado. Decían que se creían
insuperables y que ningún mbya,
mucho menos los avare,
se casaban con gentes de otras tribus. Tan elevado era el
amor propio de los mbya. Ka’a se dijo para
sí misma que eso a ella no debía importarle, puesto que
intentaría conquistar a aquel que estuvo mirándola y
entró en sus sueños toda la noche. El
avare se despidió
del cacique diciéndole que durante aquel día andaría
observando los alrededores sin alejarse mucho. Ka’a
que era toda oídos se levantó ni bien el sacerdote se
hubo retirado del lugar y anduvo recorriendo los
alrededores de la aldea con la esperanza de encontrarse
con aquel que había venido a visitarla en sueños. Anduvo
así durante varias jornadas y muchas fueron las veces en
que los jóvenes cruzaron sus miradas. Ka’a
sentía el ardor del avare.
Lo notaba en las cosas imperceptibles y misteriosas que sólo
se dan a conocer cuando el amor despierta. Varias veces se
cruzaron en el bosque y en los arroyos, el avare
y los suyos buscaban piedras preciosas. Ka’a
buscaba al sacerdote. Una
tarde sombrìa Ka’a
se enteró de que el avare
volvería a su pueblo. El dolor atravesó el corazón de
la joven. Ante la posibilidad cierta de perderlo para
siempre, Ka’a
salió en busca del avare a quien pensaba manifestar su
amor. Ka’a marcha decidida. Dispuesta a usar todas las armas de la
seducción para despertar la pasión que intuye escondida
en el alma del sacerdote mbya.
Una extraña fuerza gobierna cada paso de la muchacha que
avanza hacia el arroyo como si supiera que allí va a
encontrarse con el avare. Ka’a está frente al hombre. Todo
indica que será correspondida. El mbya
siente que su sangre hierve. Se reprime. Lucha contra sus
propios sentimientos. Lucha contra la pasión que le
inunda el cuerpo. El
ascetismo contra la pasión. Despiadada
es la lucha en el interior del hombre que, por un lado está
enceguecido de amor por la joven y por el otro tiene una
misión que cumplir para la cual ha sido adiestrado
durante largo tiempo. Ka’a
baja hasta la arena y danza para el avare.
Su cuerpo se mueve con gracia despertando cada vez con más
intensidad el deseo del avare. Ahora
Ka’a se
desliza a través de las piedras. Se acerca al hombre. Le
confiesa su amor. Lo abraza. Hay un momento que se hace
eterno cuando las palabras de Ka’a se enredan en los
vestidos del sacerdote. Es en ese instante eterno cuando
el ascetismo aprovecha la distracción y aniquila a la
pasión. El joven sacerdote toma el hacha de piedra que
lleva consigo y sin pensarlo ni una sola vez la azota
sobre la cabeza de Ka’a
que se desploma sin un solo quejido. La sangre de la joven
mancha la piedra. El mbya sin siquiera mirarla guarda su arma y se marcha dando la
espalda a la pasión y al amor para siempre jamás. Han
pasado los años. El
dolor de la tribu por la muerte de Ka’a
ya casi no se recuerda. Un
viejo sacerdote mbya
llega hasta aquella aldea. Viene el hombre con la espalda
doblada por los años. Viene el hombre cargando el peso de
la muerte de la pasión en su alma. Se detiene en aquella
piedra junto al arroyo. Se sienta allí a descansar. Un
arbusto de hojas desconocidas para el sabio sacerdote le
brinda su fresca sombra en la tórrida tarde de verano. De
las brillantes hojas del arbusto se desprende un aroma que
le lleva a tomar unas cuantas hojas y masticarlas. El jugo
de las hojas penetra en su cuerpo como un elixir de vida.
Ya no hay dudas, el viejo sacerdote ha venido a
encontrarse con su último momento al único sitio donde
conoció la vida con plenitud. Allí donde en sus años de
juventud perdiera la posibilidad del amor de una vez y
para siempre. El mbya
siente que viaja
hacia el amor. La yerba que ha probado por primera vez no
es sino la encarnación de aquella dulce joven que le
confesara su amor. Ahora el avare
viaja su viaje infinito y último para reunirse con su
amada. Lleva en su boca el recio sabor de la yerba mate.
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