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Material compilado y revisado por
la educadora argentina Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com)
LEYENDA
NORTEÑA
LOS GRITOS DE LOS LOROS Y DE LOS
GUACAMAYOS
Hace muchísimos años,
antes de que los españoles llegaran a estas tierras, los indígenas
que habitaban en las regiones próximas a los bosques del norte
pertenecían a razas menos civilizadas que las que vivían en el
Cuzco, en el Perú, y estaban gobernados por los incas, los
emperadores que creían ser descendientes del Sol.
Estos indígenas eran los quichuas, que habían llegado a
un grado de adelanto muy grande, sólo comparable en América, con
la civilización de los aztecas en México.
Se llegó a decir de ellos, que eran, más que un pueblo
conquistador, un pueblo civilizador.
Los quichuas extendieron sus dominios en todas direcciones
llegando en sus conquistas hasta el norte de lo que es hoy nuestro
país.
Las tribus que vivieron próximas a esas regiones y que
tuvieron conocimiento de la cultura y el grado de adelanto
alcanzado por dichos indígenas, les pidieron su cooperación, a
fin de elevar la suya, aprendiendo de ellos multitud de útiles
conocimientos.
Fue así como estos indígenas, entre los que se hallaban
los lules, los tonocotés y otros, solicitaran al gran Imperio de
los Incas que se les enviaran algunos emisarios dispuestos a
impartir sus prácticas enseñanzas.
Los incas accedieron a tan loable pedido destinado a
cumplir una aspiración tan noble, enviando los maestros y objetos
requeridos, que llegaron algún tiempo después.
Eran personas muy capaces que sabían labrar la tierra,
realizar trabajos agrícolas, hilar y tejer la lana y el algodón,
emplear la piedra en las construcciones, trabajar el oro, la plata
y otros metales, y que poseían otros mil conocimientos muy útiles.
Al llegar, observaron que en casi todas las cabañas de los
naturales se tenían en gran estima y se criaban loros y
guacamayos, que ponían una nota de alegría con su plumaje
vistoso de tan hermosos y brillantes colores y con los graciosos
sonidos que salían de sus gargantas cuando querían imitar el
lenguaje de sus dueños, que era el que se hablaba en la región.
Los enviados de los incas, por su parte, hablaban su propia
lengua, y tuvieron que realizar grandes esfuerzos para llegar a
entenderse con los naturales.
Esos loros y guacamayos, que por su condición de animales
domésticos ocupaban un lugar en las cabañas, asistían a las
lecciones impartidas por los quichuas a sus dueños, aprendiendo
ellos al mismo tiempo y gracias a las sucesivas repeticiones, el
nuevo idioma usado por los extranjeros.
Esta adquisición dio a esos loros y guacamayos la creencia
de su superioridad sobre sus hermanos de la selva y trataron en
toda forma de ponerla en evidencia.
Para ello, hacían sus escapadas al bosque donde eran muy
bien recibidos por los que allí vivían en abundancia.
Bien recibidos y muy agasajados al llegar; no así cuando
los visitantes, haciendo alarde de su sabiduría, les hablaban en
quichua, lengua que los de la selva no habían oído jamás.
Entonces, la cordialidad terminaba.
Era el momento en que estos últimos, corrigiendo a los
visitantes, empleaban su propia lengua en un tono más alto,
tratando de imponerse por la potencia de su voz, ya que carecían
de razón.
No se amilanaban los recién llegados ante ese despliegue
de energía, y ellos, por su parte, levantaban más aún la suya,
con el mismo fin.
Dando pruebas de su falta de inteligencia, ninguno de los
dos grupos cedía, de manera que, pasados algunos instantes, aquello
era una algarabía de gritos ininteligibles, cada vez más
intensos y destemplados, que convertían la amistosa visita en el
más original y singular de los torneos.
Estos torneos recién terminaban cuando los visitantes,
cargados con toda su sabiduría y presunción, emprendían el
regreso a sus respectivas viviendas.
Desde entonces, según cuenta esta antigua leyenda, loros y
guacamayos no se han puesto de acuerdo, todavía, en sus
discusiones.
Es por esto que en los bosques, donde se hallan en
abundancia, se sigue oyendo esa confusión de gritos estridentes
con que, a falta de razón y de entendimiento, cada uno quiere
imponerse a los demás.
Referencias
Los loros son aves
trepadoras, en cuyo vistoso plumaje predominan los colores vivos:
verde, amarillo, rojo y azul, y que se distinguen por la facilidad
con que aprenden a repetir palabras.
Algunas especies tienen las plumas de la cola muy largas.
El pico es corto y grueso, duro, fuerte, de bordes
cortantes. La parte superior, que es más larga que la inferior,
está curvada hacia abajo y termina en una punta afilada. La parte
inferior está curvada hacia arriba.
La lengua es recia, corta y carnosa. Los ojos redondos.
Las patas, que les sirven también de manos, terminan en
cuatro dedos dispuestos para trepar.
Existen varias especies, entre ellas las que distinguimos
con los nombres de papagayos, loros, araras o guacamayos, etc.
La especie más conocida de papagayo es verde, con algunas
manchas azules y amarillas, y en el encuentro de las alas y en la
extremidad de las dos remeras exteriores de cada ala tiene una
mancha encarnada.
Los araras o guacamayos son aves propias de las selvas vírgenes
de América, sobre todo de las cruzadas por ríos, dice el doctor
Claus.
Tienen el tamaño de una gallina con el pico blanco arriba
y negro por debajo. Las sienes son blancas.
Su plumaje, por demás vistoso, es rojo vivo en el cuerpo;
el pecho azul y verde; las plumas exteriores de la cola son largas
de un azul brillante; los encuentros, amarillos, y la cola, que es
muy larga, es roja con las plumas laterales azules.
Poseen todos estos animales una voz fuerte y chillona; pero
se distinguen por ser muy expresivos.
Llegan a imitar la voz humana y repiten palabras
aprendidas, aplicándolas oportunamente.
Cuando se hallan reunidos en bandadas, todos gritan a la
vez en forma por demás desagradable. "Es preciso haber
vivido en los cálidos valles de los Andes para comprender cómo
los gritos de las aras (abreviaturas de araraca, término guaraní
con que se nombra a una especie de loro) pueden dominar por
completo el mugido de los torrentes que se precipitan de roca en
roca."
Schomburgk, citado por el doctor Claus, dice: "Animan
la soledad, le dan vida, maravillando a la vez la vista y el oído."
El príncipe Wied, por su parte, impresionado por estos
animales, se expresa así: "Al navegar por los ríos que
atraviesan los bosques, por cerca de la costa, se ven magníficos
loros, que se reconocen por su espléndido plumaje rojo, su larga
cola y su voz, cuando batiendo lentamente sus alas cruzan el aire
destacándose sobre el oscuro azul del cielo."
Los guacamayos cautivos fueron aves favoritas de los
indios.
Humboldt dice: "Con admiración vimos araras
domesticados en las chozas de los indios que corrían por los
campos como entre nosotros las palomas.. Aquellos loros
constituyen un verdadero adorno en los corrales indios, pues no
les aventajan en belleza los pavos reales, ni los faisanes, ni los
hocos. A Cristóbal Colón le chocó ya aquella manera de criar
loros, aves tan distintas de las gallinas, y desde el
descubrimiento de América observó que los indios comían con
gusto araras o grandes loros, en vez de gallinas."
La condición de "charlatanes" de los loros ha
dado motivo para que se hagan con él comparaciones. Así, de la
persona que habla mucho, sin inteligencia ni conocimiento, se
dice: "Habla como un papagayo", o: "Repite como un
loro."
Estas
leyendas fueron adaptadas de la Biblioteca "Petaquita de
Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda Perellón,
Ed. Peuser, Bs. As. 1952 y de
"Antología Folklórica Argentina", del Consejo Nacional
de Educación, Kraft, 1940.
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