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Material compilado y revisado por
la educadora argentina Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com)
LEYENDA
CALCHAQUÍ
EL PLUMAJE DE LOS PÁJAROS
Cuéntase
que en épocas muy remotas ya existían, en nuestros
campos y bosques, plantas que ostentaban flores de
preciosos y variados colores; fuesen éstas grandes o
pequeñas, de corolas múltiples o sencillas, de exquisito
perfume o sin él. Pero si las flores podían lucir sus
hermosos colores, no sucedía lo mismo con nuestros pájaros,
cuyo plumaje era en todos igual: es decir, del color de la
tierra con que los hicieran el dios Inti, Mama-Quilla y la
Pachamama.
-Nosotros -pensaron con toda justicia nuestros pájaros-
también podemos, como las flores, lucir en nuestras
plumas esos mismos colores con que ellas llaman la atención,
haciéndose admirar tanto.
Y como era deseo de todos los pájaros poder lucir
en su cuerpo plumas de bonitos y vivos colores,
resolvieron reunirse para pensar en el medio de
conseguirlo.
¡Qué divina algarabía hubo en el bosque aquella
mañanita a la salida del sol!...
Apenas disipadas las sombras de la noche, se dejó
oír entre el ramaje el bullicio de los pajaritos al
despertar en sus nidos y la inquieta charla de los que, en
ligero vuelo, se ubicaban a la espera de las
deliberaciones.
Cantos melodiosos, trinos delicados, agudos
silbidos, voces alegres, murmullos ligeros, mil rumores y
grandes cuchicheos llenaban de vida el verde follaje.
Los más madrugadores, como la calandria, el
hornero, la cachila, el churrinche y el jilguero, fueron
los primeros en abandonar sus nidos, recomendando a sus
pichoncitos mucha obediencia y cuidado mientras durara su
ausencia.
Millares de pájaros, cantando todos a la vez,
llegaban poco a poco, y aumentaban el regocijo de aquella
hermosa madrugada, prestándole animación con su
revolotear inquieto sobre las plantas y las flores. Jamás
habíase visto reunión más llena de alboroto y alegría.
El sol despuntando en el oriente, el reflejo de su
luz sobre las hojas tiernas de las plantas, la frescura de
la brisa, la fragancia y belleza de las flores, el grato
albergue a la sombra de los árboles y la delicada armonía
de los cantos de las aves: he ahí el indescriptible
cuadro de aquella notable asamblea de pájaros de nuestra
tierra, que querían para sus plumas los colores de las
flores.
Cada uno de los concurrentes manifestó su modo de
pensar, y las opiniones fueron discutidas en el mayor
orden y con perfecta educación.
Algunos deseaban poseer un solo color en su
plumaje, mientras otros aspiraban a muchos diferentes; éstos
ansiaban tonos suaves, aquellos los pretendían muy vivos
y brillantes.
-Pero, ¿cómo conseguiremos dar color a nuestras
plumas? -se preguntaban. En esto consistía el más
importante de los problemas y la mayor dificultad para
resolverlo.
Después de discutir varias opiniones, algunos
propusieron hacer un viaje al cielo para pedir al dios
Inti la gracia de que pintase sus plumitas con los colores
con que había pintado las flores. A todos les pareció
magnífica la idea, y batieron sus alitas en señal de
aprobación. También idearon la forma de manifestarle su
contento, en el caso de que les concediese la gracia:
elevarían en su honor un himno de gratitud, uniendo todos
sus más melodiosos cantos; himno que sería mucho más
solemne y hermoso que aquel con que cada uno lo saludaba
en la alborada de cada nuevo día.
Sin pérdida de tiempo, comenzaron a prepararse
para realizar el viaje. Lo suponían largo y peligroso;
pero estaban decididos a realizarlo, con tal de lucir el
hermoso plumaje con que tanto soñaran.
Reunidos nuestros pájaros en bandadas numerosísimas,
emprendieron su viaje en una mañana hermosa, pensando
regresar antes de la entrada del sol.
Dejémoslos en viaje, camino del reino del dios
Inti y, mientras tanto, veamos por qué algunos se
quedaron en la tierra, sin volar al cielo en busca de
color para sus plumas.
Uno de ellos, nuestro laborioso hornerito, se quedó
construyendo su nido. Ya sabemos que su plumaje está muy
de acuerdo con su arte de humilde y sabio constructor.
Desde entonces e hornero orienta siempre su nido hacia el
sol.
La tacuarita o ratona no viajó, porque sus
pichoncitos eran aún muy pequeños y estaba enseñándoles
a volar. Desde entonces sólo canta cuando brilla el sol,
y lo hace mirando hacia él.
El pirincho o pirirí tenía la tarea de ser útil
en unos sembrados; y como siempre fue tan cariñoso y buen
compañero del hombre, desde aquella época se lo quiere más
por bueno que por bello.
La calandria tuvo por misión alegrar la soledad
del bosque con su cantar maravilloso. Y lo hizo con arte
tan exquisito; puso en su canto tanta gracia y armonía,
que desde entonces es el pájaro cantor que no tiene rival
en toda América.
Y hubo uno pequeñito, que por ser tan pequeñito
no pudo volar al cielo. Era el tumiñico. Este diminuto
pajarito quedó volando, inquieto y ligero, sobre las
flores del bosque. Parecía una grácil mariposa visitando
las corolas más bonitas y vistosas. Era tal su
impaciencia, esperando el regreso de los pájaros
viajeros, que no se quedaba quietecito ni un instante, ni
asentaba sus patitas en el suelo (como ahora). Así anduvo
todo el día, de flor en flor, volando delicada y
sutilmente.
Llegó la hora del crepúsculo. Los viajeros no
aparecían. Y pasó también la noche sin que ellos
regresaran.
El alba de un nuevo día animó el bosque con el
despertar de los pájaros que habían quedado en él.
Llenos de ansiosa curiosidad revoloteaban de rama en rama,
preguntándose la causa de semejante demora.
El tumiñico no cesaba de volar entre las bonitas
flores que tenían sus corolas salpicadas de gotitas de
rocío, que brillaban a la luz del sol con destellos de
piedras preciosas.
¿Qué había ocurrido allá lejos, muy cerca del
reino del Dios Inti, hacia el que se dirigían contentos y
optimistas los pajarillos de la selva?... ¿Habrían
ofendido a los dioses con su audacia, y tal vez recibido
por ello algún castigo?... ¿Volverían con sus plumitas
pintadas?... ¿O habrían perecido en el largo viaje?...
Éstas y otras mil preguntas se oían entre el
susurro de la fronda, en forma de trinos entrecortados y
murmullos confusos.
Lo que había ocurrido, no lo imaginaban los
pajarillos del bosque. Fue algo tan magnífico y
sobrenatural; tan digno de alabanza y de gratitud, que el
recuerdo de aquel hecho extraordinario nos llega a la
memoria cada vez que admiramos los bellísimos colores que
lucen la mayoría de nuestros pájaros.
Inti, Dios supremo que dominaba el aire, la tierra
y el agua, considerando muy justas las aspiraciones de sus
alados hijitos, decidió que ellas se convirtieran en
realidad. Y la realidad fue hermosa. Veréis cómo:
-Estas tiernas avecillas no podrán llegar a mí-,
se dijo Inti. Con el calor de mis rayos se quemarán sus
alitas y no podrán volar. Es preciso que pinte sus
plumitas suavemente y con dulzura. ¿Y qué hizo?... Reunió
algunas nubes que había en el cielo, les ordenó que lo
ocultasen y que hicieran caer una copiosa lluvia,
justamente en el lugar por donde viajaban las aves en su
busca.
Éstas encontraron el refugio de un bosque para
resguardarse del aguacero que tan inesperadamente parecía
detenerlas en su valiente ascención.
Luego Inti hizo que las nubes se apartasen para dar
paso a sus hermosos rayos. ¡Y cuál no fue la sorpresa y
la alegría de nuestros pajaritos, cuando vieron aparecer
en el cielo el más espléndido arco iris que jamás se
haya visto!...
Atraídos por la hermosura de sus divinos colores,
todos volaron presurosos y se posaron dulcemente en él a
fin de que les diese un poquito de belleza para sus
deslucidos plumajes.
Cada uno quería elegir el color que más le
agradaba.
Y así fue como ellos iban de acá para allá,
recorriendo el arco iris en procura del encanto de sus
siete colores.
El cardenal metió su cabecita con copete en la
franja roja, y con eso se quedó muy contento.
El dorado se paseó largo rato por la amarilla. Por
eso sus plumitas son ahora de ese tono.
Al jilguero también le gustó el amarillo y se
paseó un ratito por él, quedando negra su cabecita,
porque la noche llegó y borró el arco iris.
El churrinche se tiñó casi todo de color rojo
vivo, y dejó sus alitas oscuras como las sombras de la
noche.
Tantos colores eligió el sietevestidos, los
recorrió tanto en todas direcciones, que consiguió para
sus plumas todos los que le dio el arco iris. Por eso lo
llamamos también "sietecolores".
Y así como éstos, todos eligieron libremente el
color de su plumaje. Luego decidieron regresar.
Por la noche volaron sin descansar. Deseaban llegar
al bosque lo más pronto posible, para mostrar a sus compañeros
el color de sus plumas como prueba de la bondad del dios
Inti. Por eso, al amanecer del día siguiente, instantes
después de que los pájaros del bosque abandonaran sus
nidos, mostrándose inquietos y afligidos por la tardanza
de sus valientes amigos, se vio algo así como una lluvia
de flores que caía sobre el verde follaje de los árboles:
eran las bandadas de mil pájaros que traían en sus
plumas los bellísimos colores del arco iris.
Y otra vez, ¡qué divina algarabía la del bosque
aquella mañana de primavera!
Los recién llegados trataban de lucir en toda
forma sus nuevos y vistosos plumajes. Mientras algunos se
paseaban coquetones dando saltitos sobre el verde césped,
otros desplegaban sus alitas con toda gracia y donaire, y
otros levantaban el copete de sus pintadas cabecitas.
Ante tanta belleza, ¡cuántos trinos de alabanza!;
¡cuántos gorjeos de admiración!; ¡cuántos gorgoritos
de alegría!; ¡cuántos murmullos de asombro!...
En el barullo y confusión de la llegada de los
felices viajeros, por los revoloteos de todos y los saltos
y piruetas de los pichones ante fiesta tan completa,
ninguno había advertido que entre ellos faltaba el
picaflor.
¿Dónde estaba? ¿Por qué no compartía el
regocijo de todos? ¿Por qué no concurría él también a
la fiesta de la gracia y del color?
Inmensa, indescriptible fue la sorpresa de todos
los pájaros instantes después, cuando, en rapidísimo,
vivaz, inquieto e incesante vuelo, llegó hasta ellos el
diminuto tumiñico; el más pequeñito de todos; ¡el más
lindo entre los lindos!
Una sola exclamación salió de todos los piquitos.
-¿Cómo tienes esas plumas tan brillantes y
preciosas si tú no has volado hasta el arco iris?
Picaflor oyó esta pregunta y otras muchas que le
hicieron sus amiguitos del bosque, y no supo responder.
Vino en su ayuda una flor, que dijo:
-Tumiñico tiene ahora los colores del iris, los de
nuestros pétalos y los de las piedras preciosas, porque
ama la luz, la miel de los cálices y las gotas de rocío...
Picaflor se miró en el agua tranquila de un
arroyito cercano, voló de una flor a otra, y lanzando al
aire su gritito, dijo:
-¡Cantemos a Inti el himno prometido!
Y el coro de las mil voces armoniosas de la selva
se elevó hasta el cielo.
Estas leyendas fueron
adaptadas de la Biblioteca "Petaquita de
Leyendas", de Azucena Carranza y Leonor M. Lorda
Perellón, Ed. Peuser, Bs. As. 1952 y de
"Antología Folklórica Argentina", del Consejo
Nacional de Educación, Kraft, 1940.
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