Como el mejor
(cuento)
Eran las tres de la mañana,
el Juancho y el Goyo, dos muchachones de unos veinte y pico
de años, despiertos y ocurrentes pero conocedores y
responsables en su trabajo tomaban los últimos amargos
sentados en los aperos mientras secaban las pilchas
alrededor de un fuego sobre cuyo braserío ensartado en una
estaca terminaba de asarse un matambre.
Los perros ( el Mocho y el Oreja 'e Chala ) echados viento
abajo entrecerraban los ojos deleitándose con el humito
fragancioso que la brisa suave de la costa acarreaba hasta
sus narices.
El Mocho, un mestizo barcino grandote como pocos, de pelaje
corto y de una fuerza y coraje fuera de lo común. Era capaz
de tumbar a la carrera al más grande de los novillos con sólo
prendérsele de la quijada y tirarle el cuerpo contra la
paleta, como de toparse en pelea con varios perros juntos.
El Oreja 'e Chala ( nombre con el que fuera rebautizado a
causa de una gran bichera que afectara una de sus orejas y
por la cual perdiera parte de la misma quedando casi sordo )
una mezcla de ovejero y policía, era el complemento ideal
para un arreo.
Incansable y sin que nadie lo mandara, se movía por detrás
de la hacienda toreando y garroneando las reces
pachorrientas que amagaban rezagarse.
Además, muy celoso de las pilchas de su dueño cuando éste
desensillaba, ni se levantaba a comer por cuidar las
guascas. Ahora los paisanos conversaban mientras comían
calculando que moviendo la tropa al aclarar y no mediar ningún
contratiempo antes de cerrarse la noche entrarían a la
feria donde según el puestero, los estaría esperando gente
de la estancia con los papeles para el remate del día
siguiente.
Dos días les había llevado juntar y apartar la novillada
gorda en el puesto de la isla y uno más arrimarlos
hasta la otra orilla para azotarse la tardecita anterior con
la canoa de un pescador como señuelo.
Terminaron de comer, apagaron el fuego y después de guardar
todo en las maletas ya se disponían a agarrar caballo
cuando advirtieron que el Mocho prestaba atención y
sigilosamente se dirigía a unos de los tantos enriedos con
chilcas y alisos que crecían y se desparramaban por toda la
costa a lo largo del río.
Conociéndolo, enseguida se dieron cuenta que algo raro
pasaba. Intrigados lo siguieron de cerca hasta que se les
perdió en el matorral y ya llegaban cuando un grito corto
del animal los detuvo.
Acostumbrados a moverse en la oscuridad, se hicieron señas
y en silencio cada uno por su lado fueron rodeando el
promontorio hasta que por la altura del mismo dejaron de
verse.
El primero en tropezar con el cuerpo del perro fue el Goyo,
cosa que lo distrajo al punto de no ver los ojos juntitos,
oscuros y profundos de una escopeta de dos caños que a
menos de cinco metros se alzaba traicionera entre el
canutillal.
La descarga fue tremenda, tomándolo en pleno pecho lo
levantó del suelo para tirarlo de espaldas. Lo demás
sucedió en cuestión de segundos.
El abanico del arma giró en dirección del Juancho quien
desenvainando su cuchilla de trabajo se abalanzaba con todo,
sabiendo que de no llegar a tiempo no tendría ninguna
oportunidad.
El fogonazo a quemarropas lo paró en seco, por un momento
vaciló sobre sus piernas para encarar de nuevo y caer de
cualquier modo sobre el agresor que intentaba enderezarse.
Éste, forcejeaba tratando de sacárselo de encima, cuando
le golpeó la cara un aliento abrasador al tiempo que sentía
cuatro colmillos como puñales enterrándosele hasta las encías
en la garganta.
A media mañana un paisano que de casualidad pasaba por el
lugar, encontró al Mocho haciendo cruz con un caronero
atravesado atrás de las paletas. Unos pasos más abajo, el
Juancho y el Goyo, boca arriba mostraban los negros boquetes
por los cuales se les escapara la vida y allá en la costa,
casi entre el agua, el cuatrero con el cuello destrozado
parecía un montón de barro y sangre evidenciando
claramente su resistencia y lo feroz de la lucha mientras
que el Oreja 'e Chala, paraba rodeo en una rinconada de
espinillos, como el mejor de los troperos.