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Cuento: "Como el mejor"

Material compilado y revisado por la educadora argentina Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com)

 

    Como el mejor

    (cuento)

 

        Eran las tres de la mañana, el Juancho y el Goyo, dos muchachones de unos veinte y pico de años, despiertos y ocurrentes pero conocedores y responsables en su trabajo tomaban los últimos amargos sentados en los aperos mientras secaban las pilchas alrededor de un fuego sobre cuyo braserío ensartado en una estaca terminaba de asarse un matambre.

       Los perros ( el Mocho y el Oreja 'e Chala ) echados viento abajo entrecerraban los ojos deleitándose con el humito fragancioso que la brisa suave de la costa acarreaba hasta sus narices.

      El Mocho, un mestizo barcino grandote como pocos, de pelaje corto y de una fuerza y coraje fuera de lo común. Era capaz de tumbar a la carrera al más grande de los novillos con sólo prendérsele de la quijada y tirarle el cuerpo contra la paleta, como de toparse en pelea con varios perros juntos.

      El Oreja 'e Chala ( nombre con el que fuera rebautizado a causa de una gran bichera que afectara una de sus orejas y por la cual perdiera parte de la misma quedando casi sordo ) una mezcla de ovejero y policía, era el complemento ideal para un arreo.

      Incansable y sin que nadie lo mandara, se movía por detrás de la hacienda toreando y garroneando las reces pachorrientas que amagaban rezagarse.

 

        Además, muy celoso de las pilchas de su dueño cuando éste desensillaba, ni se levantaba a comer por cuidar las guascas. Ahora los paisanos conversaban mientras comían calculando que moviendo la tropa al aclarar y no mediar ningún contratiempo antes de cerrarse la noche entrarían a la feria donde según el puestero, los estaría esperando gente de la estancia con los papeles para el remate del día siguiente.

      Dos días les había llevado juntar y apartar la novillada gorda  en el puesto de la isla y uno más arrimarlos hasta la otra orilla para azotarse la tardecita anterior con la canoa de un pescador como señuelo.

     Terminaron de comer, apagaron el fuego y después de guardar todo en las maletas ya se disponían a agarrar caballo cuando advirtieron que el Mocho prestaba atención y sigilosamente se dirigía a unos de los tantos enriedos con chilcas y alisos que crecían y se desparramaban por toda la costa a lo largo del río.

      Conociéndolo, enseguida se dieron cuenta que algo raro pasaba. Intrigados lo siguieron de cerca hasta que se les perdió en el matorral y ya llegaban cuando un grito corto del animal los detuvo.

      Acostumbrados a moverse en la oscuridad, se hicieron señas y en silencio cada uno por su lado fueron rodeando el promontorio hasta que por la altura del mismo dejaron de verse.

 

       El primero en tropezar con el cuerpo del perro fue el Goyo, cosa que lo distrajo al punto de no ver los ojos juntitos, oscuros y profundos de una escopeta de dos caños que a menos de cinco metros se alzaba traicionera entre el canutillal.

       La descarga fue tremenda, tomándolo en pleno pecho lo levantó del suelo para tirarlo de espaldas. Lo demás sucedió en cuestión de segundos.

      El abanico del arma giró en dirección del Juancho quien desenvainando su cuchilla de trabajo se abalanzaba con todo, sabiendo que de no llegar a tiempo no tendría ninguna oportunidad.

      El fogonazo a quemarropas lo paró en seco, por un momento vaciló sobre sus piernas para encarar de nuevo y caer de cualquier modo sobre el agresor que intentaba enderezarse.

      Éste, forcejeaba tratando de sacárselo de encima, cuando le golpeó la cara un aliento abrasador al tiempo que sentía cuatro colmillos como puñales enterrándosele hasta las encías en la garganta.

 

      A media mañana un paisano que de casualidad pasaba por el lugar, encontró al Mocho haciendo cruz con un caronero atravesado atrás de las paletas. Unos pasos más abajo, el Juancho y el Goyo, boca arriba mostraban los negros boquetes por los cuales se les escapara la vida y allá en la costa, casi entre el agua, el cuatrero con el cuello destrozado parecía un montón de barro y sangre evidenciando claramente su resistencia y lo feroz de la lucha mientras que el Oreja 'e Chala, paraba rodeo en una rinconada de espinillos, como el mejor de los troperos.

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