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Los
argentinos, de cualquier edad, de ambos sexos y de todos los niveles
socioeconómicos son (somos) irrecuperablemente cafeinómanos.
Esta infusión oscura y cálida, excitante y ladrona de sueño, es una
verdadera institución nacional, con sus símbolos, sus rituales, sus
reglas implícitas...y su espacio propio, llamado pura y simplemente, café.¿Por
qué se ha elegido designar un local donde se expenden muchas clases
distintas de infusiones y bebidas con el nombre de una de ellas, tomando
la parte por el todo? ¿Será porque, siendo el "cafecito" una
institución de tal envergadura, pareció al anónimo habla de la
calle lo más lógico extender el vocablo al comercio donde se puede
ingerir el producto?. Es muy posible. Pero atención: como se sabe, al
"cafecito" se lo puede tomar, también, en un bar, confitería,
restaurante y un largo etcétera. sin embargo , ninguno de estos lugares
es un café. Como veremos , un café... es un café: es en sí mismo el género
y la especie, el continente y el contenido, el significante y el
significado, es único y singular.¿Por qué, entonces esa denominación
excluyente? ...Misterios de sociolingüística, abismos insondables de la
filología popular, meandros laberínticos de la semántica callejera.
Pero lo necesario a tener en cuenta es que el inevitable, casi obligatorio:
"¿ tomamos un cafecito?", que indefectiblemente se pronuncia en
el encuentro de los amigos (o novios, amantes, simples conocidos,
relaciones comerciales o lo que se quiera) no debe escucharse nunca
literalmente- aunque a veces tenga también ese sentido literal-: debe
entenderse como: "vamos a sentarnos a un café a charlar de nuestras cosas (o de las de los otros, que
por el solo hecho de pasarnos por la boca se hacen nuestras) y, de paso, tomarnos un
cafecito.."o quizá otra cosa, ¿qué importa?.
Porque
lo que importa es el espacio; en primer lugar, de intercambio social: en
la mesa de café se conversa, se discute, se seduce, se chismea, se
concentran negocios y , en general, se "arregla el país",
expresión muy porteñamente fatalista que confiesa semiinconscientemente
la impotencia para "arreglar el país" fuera del café. Para un
argentino es inimaginable, y un poco patético, el espectáculo de dos o más
personas sentadas a la mesa del café y en silencio: el café, casi por
definición, es un espacio que "suelta la lengua". Es algo
así como el sucedáneo urbano del fogón, donde el grupo se reúne para
intercambiar experiencias, preocupaciones, historias, bromas; en una
sociedad que ha perdido casi totalmente la capacidad de la relación
"cara a cara" y la comunicación oral, el café es el espacio de
la narrativa social, el pequeño y delimitado territorio donde una
sociedad difusa y anónima se concentra para contarse la vida; su género
literario por excelencia es la confidencia socializada.
 | DE
COMO EL QUILOMBO NACIÓ EN BRASIL Y SE ASENTÓ EN BUENOS AIRES
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Según Bernardo
Kordon, los pueblos alufás de Bámbora y malinkeses y
haussás traídos de donde se juntan el desierto y la selva, negros que trabajaron
el bronce y crearon religiones en idioma yoruba; pueblos angolas , congos,
cumandás y quimbundos; todas razas africanas rastrilladas desde el alto Níger
hasta Mozambique, quedaron marcadas por la travesía que tragaba más de
la mitad de los cautivos de los barcos negreros. Ese océano los separaba
de la patria africana y por eso aún adoran en la costa de Brasil a la
diosa Yemanyá, la madre del agua de cabellos largos como el horizonte y
ondulantes como las olas.
En
tierra brasileña se mezclaron los rollizos bantués de la selva con los
guerreros y magos sudaneses de esqueletos largos y miembros nervudos. Durante
mucho tiempo trataron de mantener sus lenguas y creencias. Para los
blancos, ellos eran simples piezas, y no se registraba otro origen de los
negros que los puertos de embarque. Sin embargo, la tradición precisa que
fueron cuarenta negros de Guinea los primeros en sublevarse en las
plantaciones de Pernambuco. Ganaron la selva virgen de Alagoa y levantaron
un fuerte con troncos clavados a pique que llamaron quilombo, que en
idioma bantú quiere decir fortaleza. Los fugitivos se juramentaron pelear
por su libertad y se enorgullecían en llamarse quilombolas, voz de angola
que significa golpe fuerte y distingue al guerrero que ataca
violentamente.
Durante
más de medio siglo los negros alzados rechazaron todas las entradas de
las tropas portuguesas. Los quilombolas eran muy diestros en el arco,
temibles lanceros. Veinte mil negros encontraron y defendieron su libertad
en el quilombo de Palmares. La preocupación que creaba la permanencia del
quilombo de Palmares, inquietó a la corte de Río de Janeiro, por lo que
en 1693, por decreto del Reino se ordena al paulista Domingo Jorge Velho y
a sus famosos capitaes do mato exterminar de una vez por todas los
quilombos. Sin embargo no fue tan simple, necesitó la colaboración de
jefes locales y propietarios de tierras, para arrasar las defensas del
quilombo de Palmares. El largo asedio y el asalto final culminaron con la
afiebrada búsqueda de mujeres, niños y negros. Era el botín ofrecido a
los expedicionarios.
Muy
pronto formaron los principales lotes de cautivos; los orgullosos
quilombolas volvían a ser piezas de compra y venta. Jorge Velho, abarcó
con un gesto una larga hilera de negros encadenados , diciendo: "¿Cuánto
vale esta corda en el mercado de Olinda? ", a lo que otro de los
grandes jefes respondió "..No señor, estos negros llevan el
quilombo en la sangre y no los queremos en estas tierras". Otro
pernambucano intervino: "..Mejor matarlos que traerlos a nuestras
plantaciones...", a lo que Velho preguntó: "..¿ qué hacer entonces?, estos negros me
costaron dos años de luchas y la vida de mis mejores hombres.." .
Don Mello respondió: "...Los cautivos son el justo premio de una
larga guerra, pero no deben ser semilla de nuevas sublevaciones. Hemos
pensado en un plan para que nadie, ni ustedes los paulistas, ni nosotros
los pernambucanos resultemos perjudicados. Se trata de llevar a estos
negros hasta puertos siempre llenos de barcos deseosos de cargar esclavos.
No olviden que cuanto más al sur, más vale un negro...,; estos esclavos
serán vendidos para el Río de la Plata...".
"Magnífica
idea- sonrió vengativo el rudo
capitán paulista-. ¡ Los vendemos a
mejor precio y que vayan a armar quilombos a Buenos Aires!...".
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El
poeta porteño Baldomero Fernández Moreno
(1886-1950), publicó en 1917
el libro "Ciudad"; allí estaba su poema "Setenta
balcones y ninguna flor":
"Setenta balcones
hay en esta casa
Setenta balcones y ninguna flor.
¿ A sus habitantes, Señor,
qué les pasa?
¿Odian el perfume, odian el
color?"
Cuántas
deliberaciones provocó este poema, cuáles serían los balcones
que inspiraron a Baldomero?, tal vez fue la esquina de Corrientes y
Pueyrredón, la casa que arrancó a Fernández Moreno su melancólico
lamento?.
Sin embargo Arias Divito,
en La Prensa de agosto
del 83 , decía creer que el edificio Femenil, de Rivadavia al 5896, había
sido el inspirador de Fernández Moreno, por los 70 balcones que tenía y
porque en esa época el poeta vivía en Flores y Floresta, consideraba que
pasaría a diario por allí en tranvía.
Si bien era interesante la teoría
de Divito, el tiempo era equivocado, puesto que el edificio fue construido
posterior a la publicación del poema.
Todas estas dudas, quedarían
simplificadas, cuando en el libro "Introducción a Fernández
Moreno ", de César Fernández Moreno, leíamos lo que nuestro
poeta sostenía: "Todo se pierde, se escabulle, se evapora, y
entre cientos y cientos de versos, después de publicaciones,
declamaciones, diríase que no sobrenadarán más de dos ó tres peces
tornasolados, qué digo, uno solo : los "Setenta balcones y ninguna
flor", ante cuyo anuncio se dibujaba en mí una sonrisa de ardua
interpretación. Setenta balcones, ni uno más ni uno menos. Los de una
casa nueva en Paseo de Julio, alturas del primitivo Parque-Japonés,
contados una noche esfumosa, en compañía de Pedro Herreros, desde un
banco de piedras. Amigos, yo no soy más que el autor de "Setenta
balcones y ninguna flor ".
Es
cierto que el edificio motivador del poema estaba frente al primitivo
parque, asegura Manrique Moreno, en La Nación de marzo de 1995; la mayoría
de los argentinos (o porteños)
han determinado que el edificio sería el de Corrientes y Pueyrredón.
En definitiva, parece que el barrio de Balvanera sería el declarado
ganador "moral" en esta puja entre edificios, balcones y
barrios.
El
balcón se transformó en actor, en personaje. Sirvió como medio para
cuestionar la sensibilidad de un edificio que parecía repetirse en
distintos puntos de la ciudad. Una de las mil caras de Buenos Aires, la de
los balcones, mundo de pequeñas atalayas desde donde se observa y se es
observado, desde donde se puede hacer volar la imaginación, en
definitiva, un sitio como la vida misma.
Norma Vanni |