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Costumbres

Material compilado y supervisado por la educadora argentina Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com)

bulletLOS CAFÉS DE LOS ARGENTINOS
   
bullet LOS BALCONES DE BALDOMERO

Los argentinos, de cualquier edad, de ambos sexos y de todos los niveles socioeconómicos son (somos)  irrecuperablemente cafeinómanos. Esta infusión oscura y cálida, excitante y ladrona de sueño, es una verdadera institución nacional, con sus símbolos, sus rituales, sus reglas implícitas...y su espacio propio, llamado pura y simplemente, café.¿Por qué se ha elegido designar un local donde se expenden muchas clases distintas de infusiones y bebidas con el nombre de una de ellas, tomando la parte por el todo? ¿Será porque, siendo el "cafecito" una institución de tal envergadura,  pareció al anónimo habla de la calle lo más lógico extender el vocablo al comercio donde se puede ingerir el producto?. Es muy posible. Pero atención: como se sabe, al "cafecito" se lo puede tomar, también, en un bar, confitería, restaurante y un largo etcétera. sin embargo , ninguno de estos lugares es un café. Como veremos , un café... es un café: es en sí mismo el género y la especie, el continente y el contenido,  el significante y el significado, es único y singular.¿Por qué, entonces esa denominación excluyente? ...Misterios de sociolingüística, abismos insondables de la filología popular, meandros laberínticos de la semántica callejera. Pero lo necesario a tener en cuenta es que el inevitable, casi obligatorio: "¿ tomamos un cafecito?", que indefectiblemente se pronuncia en el encuentro de los amigos (o novios, amantes, simples conocidos, relaciones comerciales o lo que se quiera) no debe escucharse nunca literalmente- aunque a veces tenga también ese sentido literal-: debe entenderse como: "vamos a sentarnos  a un café a charlar de nuestras cosas (o de las de los otros, que por el solo hecho de pasarnos  por la boca se hacen nuestras) y, de paso, tomarnos un cafecito.."o quizá otra cosa,  ¿qué importa?.  

Porque lo que importa es el espacio; en primer lugar, de intercambio social: en la mesa de café se conversa, se discute, se seduce, se chismea, se concentran negocios y , en general,  se "arregla el país", expresión muy porteñamente fatalista que confiesa semiinconscientemente la impotencia para "arreglar el país" fuera del café. Para un argentino es inimaginable, y un poco patético, el espectáculo de dos o más personas sentadas a la mesa del café y en silencio: el café, casi por definición, es un espacio que "suelta la lengua".  Es algo así como el sucedáneo urbano del fogón, donde el grupo se reúne para intercambiar experiencias, preocupaciones, historias, bromas; en una sociedad que ha perdido casi totalmente la capacidad de la relación "cara a cara" y la comunicación oral, el café es el espacio de la narrativa social, el pequeño y delimitado territorio donde una sociedad difusa y anónima se concentra para contarse la vida; su género literario por excelencia es la confidencia socializada.

bulletDE COMO EL QUILOMBO NACIÓ EN BRASIL Y SE ASENTÓ EN BUENOS AIRES 

Según Bernardo Kordon, los pueblos alufás de Bámbora y malinkeses y haussás traídos de donde se juntan el desierto y la selva, negros que trabajaron el bronce y crearon religiones en idioma yoruba; pueblos angolas , congos, cumandás y quimbundos; todas razas africanas rastrilladas desde el alto Níger hasta Mozambique, quedaron marcadas por la travesía que tragaba más de la mitad de los cautivos de los barcos negreros. Ese océano los separaba de la patria africana y por eso aún adoran en la costa de Brasil a la diosa Yemanyá, la madre del agua de cabellos largos como el horizonte y ondulantes como las olas.

En tierra brasileña se mezclaron los rollizos bantués de la selva con los guerreros y magos sudaneses de esqueletos largos y miembros nervudos. Durante mucho tiempo trataron de mantener sus lenguas y creencias. Para los blancos, ellos eran simples piezas, y no se registraba otro origen de los negros que los puertos de embarque. Sin embargo, la tradición precisa que fueron cuarenta negros de Guinea los primeros en sublevarse en las plantaciones de Pernambuco. Ganaron la selva virgen de Alagoa y levantaron un fuerte con troncos clavados a pique que llamaron quilombo, que en idioma bantú quiere decir fortaleza. Los fugitivos se juramentaron pelear por su libertad y se enorgullecían en llamarse quilombolas, voz de angola que significa golpe fuerte y distingue al guerrero que ataca violentamente.

Durante más de medio siglo los negros alzados rechazaron todas las entradas de las tropas portuguesas. Los quilombolas eran muy diestros en el arco, temibles lanceros. Veinte mil negros encontraron y defendieron su libertad en el quilombo de Palmares. La preocupación que creaba la permanencia del quilombo de Palmares, inquietó a la corte de Río de Janeiro, por lo que en 1693, por decreto del Reino se ordena al paulista Domingo Jorge Velho y a sus famosos capitaes do mato exterminar de una vez por todas los quilombos. Sin embargo no fue tan simple, necesitó la colaboración de jefes locales y propietarios de tierras, para arrasar las defensas del quilombo de Palmares. El largo asedio y el asalto final culminaron con la afiebrada búsqueda de mujeres, niños y negros. Era el botín ofrecido a los expedicionarios.

Muy pronto formaron los principales lotes de cautivos; los orgullosos quilombolas volvían a ser piezas de compra y venta. Jorge Velho, abarcó con un gesto una larga hilera de negros encadenados , diciendo: "¿Cuánto vale esta corda en el mercado de Olinda? ", a lo que otro de los grandes jefes respondió "..No señor, estos negros llevan el quilombo en la sangre y no los queremos en estas tierras". Otro pernambucano intervino: "..Mejor matarlos que traerlos a nuestras plantaciones...", a lo que Velho  preguntó: "..¿ qué hacer entonces?, estos negros me costaron dos años de luchas y la vida de mis mejores hombres.." . Don Mello respondió: "...Los cautivos son el justo premio de una larga guerra, pero no deben ser semilla de nuevas sublevaciones. Hemos pensado en un plan para que nadie, ni ustedes los paulistas, ni nosotros los pernambucanos resultemos perjudicados. Se trata de llevar a estos negros hasta puertos siempre llenos de barcos deseosos de cargar esclavos. No olviden que cuanto más al sur, más vale un negro...,; estos esclavos serán vendidos para el Río de la Plata...".

"Magnífica idea- sonrió vengativo el rudo
capitán paulista-. ¡ Los vendemos a mejor precio y que vayan a armar quilombos a Buenos Aires!...".  

El poeta porteño Baldomero Fernández Moreno
(1886-1950), publicó en 1917 el libro "Ciudad"; allí estaba su poema "Setenta balcones y ninguna flor":

"Setenta balcones hay en esta casa
Setenta balcones y  ninguna flor.
¿ A sus habitantes, Señor, qué les pasa?
¿Odian el perfume, odian el color?"  

Cuántas  deliberaciones provocó este poema, cuáles serían los balcones que inspiraron a Baldomero?, tal vez fue la esquina de Corrientes y Pueyrredón, la casa que arrancó a Fernández Moreno su melancólico lamento?.  

Sin embargo Arias Divito,  en La Prensa de  agosto del 83 , decía creer que el edificio Femenil, de Rivadavia al 5896, había sido el inspirador de Fernández Moreno, por los 70 balcones que tenía y porque en esa época el poeta vivía en Flores y Floresta, consideraba que pasaría a diario por allí en tranvía. 

Si bien era interesante la teoría de Divito, el tiempo era equivocado, puesto que el edificio fue construido posterior a la publicación del poema.

Todas estas dudas, quedarían simplificadas, cuando en el libro "Introducción a Fernández Moreno ", de César Fernández Moreno, leíamos lo que nuestro poeta sostenía: "Todo se pierde, se escabulle, se evapora, y entre cientos y cientos de versos, después de publicaciones, declamaciones, diríase que no sobrenadarán más de dos ó tres peces tornasolados, qué digo, uno solo : los "Setenta balcones y ninguna flor", ante cuyo anuncio se dibujaba en mí una sonrisa de ardua interpretación. Setenta balcones, ni uno más ni uno menos. Los de una casa nueva en Paseo de Julio, alturas del primitivo Parque-Japonés, contados una noche esfumosa, en compañía de Pedro Herreros, desde un banco de piedras. Amigos, yo no soy más que el autor de "Setenta balcones y ninguna flor ".

Es cierto que el edificio motivador del poema estaba frente al primitivo parque, asegura Manrique Moreno, en La Nación de marzo de 1995; la mayoría de  los argentinos (o porteños) han determinado que el edificio sería el de Corrientes y Pueyrredón.  

En definitiva, parece que el barrio de Balvanera sería el declarado ganador "moral" en esta puja entre edificios,  balcones y barrios.

El balcón se transformó en actor, en personaje. Sirvió como medio para cuestionar la sensibilidad de un edificio que parecía repetirse en distintos puntos de la ciudad. Una de las mil caras de Buenos Aires, la de los balcones, mundo de pequeñas atalayas desde donde se observa y se es observado, desde donde se puede hacer volar la imaginación, en definitiva, un sitio como la vida misma.

Norma Vanni

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