Siguiendo
el rastro que dejaba el muñeco en la tierra del patio, se podía
llegar hasta el chico.
En
la sierra, se había perdido la cuenta de los días que soplaba
el norte, persistente. Abajo y cerquita, el río, a punto de
desaparición, era apenas un hilo cercado por arenas voraces que
amenazaban tragarse las últimas gotas.
La
tierra reseca, era polen asentado sobre todas las cosas. El
hombre dejó
descansar el hacha para recibir el mate y luego comentó:
-El
sur viene de agua.
-¡Ojalá
no tarde! -fue la respuesta.
La
mujer inmóvil, parecía tallada en madera, mientras esperaba.
Sus ojos enrojecidos aparentaban no mirar nada. Cualquiera
hubiera dicho que a ese ser lo habían vaciado. Recibió el mate
al tiempo que el hombre arrasaba el sudor de su cara con el
brazo
Continuaron
los golpes secos. El tala se resistía y pequeños trocitos de
madera salían disparados en cualquier dirección. Con un golpe
al sesgo y otro en contra se veía el oficio. Empezó temprano.
con la esperanza del fresco, pero había amanecido caliente, sin
tregua.
Como
haciendo caso a una señal misteriosa, cantaron todas juntas las
chicharras. Atronaron el aire.
Una
lagartija verdeó su forma en un costado del patio, hacia la
pirca.
Entonces,
la mujer vio al chico y le gritó sin estridencias: -¡Le he
dicho que no juegue en la pirca! Es peligroso.
El
chico dejó de hurgar las juntas de piedra con el palito y poniéndose
el Superman bajo el brazo, se fue al reparo del adobe Ese gran
muñeco de plástico descabezado, era jaula donde iban a parar
sapos de la lluvia, Iagartijas, pichones de torcaza.
A
ratos, el hombre miraba las presas y pensaba:
-Este
será cazador.
Un
cacholote trotó marroncito con pasos marciales. Escondido en la
sombra, el chico contemplaba absorto la aparición. Era un pequeño
cordón amarillo, naranja y negro que ondulaba despaciosamente.
Un cono de sol, filtrado por las cañas del alero, hizo
restallar los colores.
La
ramita de acacia negra tenía dos espinas en la punta. Usándola
como tenedor, enrolló la víbora y la introdujo por eI hueco
del Superman. En ese momento, el muñeco se convirtió en una
trampa mortal. El chico tapó el agujero con la mano; dentro
empezó a agitarse la coral. Dos veces irguióse repentina y tiró
el saetazo, mas no podía morder la lisura tibia de la palma. Al
chico le gustó la cosquilla y pensó que su presa jugaba con él.
Después se aquietó, ovillándose en el fondo de su encierro.
El
cazador, al no sentir movimiento, empezó a correr la mano,
acercando el ojo al agujero.
Espió
atento.
La
luz, a través del plástico, opacaba los colores del ofidio.
Fata se movfó y el chico puda ver la pequeña cabeza de
terciopelo negro, con dos ascuas diminutas por ojos. Sacó la
mano, dejando libre la salida.
Su
prisionera estaba quieta, como muerta; entonces introdujo el
palito hasta el fondo. La víbora cobró movimiento y empezó a
enroscar la rama, subiendo. La sacó afuera depositándola en el
suelo. Al sentirse liberada, reptó suavemente tratando de
escapar, pero no fue muy lejos. El tenedor de espinas aprisionó
el centro de su cuerpo y levantó la cabeza para atacar esta vez
la rama. No lo hizo y volvió a enroscarse en ella. El chico
aprovechó la situación para introducirla en el muñeco por
segunda vez.
-¡Vengan
a comer! -pudo escuchar desde un punto infinito de su abstracción.
Entonces
dejó parado el Superman en la tierra y tapó el hueco con una
piedra chata. Ahí quedaron, envase y contenido, mientras se
dirigía presuroso a la mesa.
Bajo
el alero de caña, el hombre y la mujer esperaban. Se acomodó
en el banquito celeste descascarado y apuró el guiso de
cordero, urgido por volver a la sombra del adobe con su tesoro.
Una
araña enorme, negra y velluda, transitaba ceremoniosa por un
tirante del alero. El hombre la vio:
-Va
a llover nomás... Ha salido la pollito... -dijo terminando el
resto del vino.
Prendió
un chala con una brasa alzada con los dedos, antes de volver al
corte de leña.
La
mujer echó agua en una batea de algarrobo, para lavar los
enseres, cuando advirtió un apurarse sospechoso del chico hacia
la sombra del adobe.
-¡Váyase
a dormir!
La
frase lo alcanzó justo cuando alzaba el muñeco, para evitar la
acometida furiosa del perro, que salió de los churquís
ladrando erizado.
-¡Quieto
León! Cuando ese perro se va al monte unos días, vuelve hecho
una fiera, mejor atarlo. . ,
El
animal, inquieto, se resistía, pero le pasó la cadena al
cuello, El cazador. como si ocultara algo, cruzó la arpillera
de la puerta y se tendió en el catre, reteniendo contra su
pecho su jaula tapada con la mano libre.
--¡Le
he dicho que se duerma! -ordenó, acostándose de espaldas al
lado del chico.
Este
se volvió y para acomodarse, quitó la mano que tapaba el
envase. La coral asomó la cabeza orientada por su lengua rítmica
y nerviosa. Sacando medio cuerpo, exploró la espalda de la
mujer sin encontrar resquicio en el vestido de bayeta. Retrocedió
y la mano del chico, en la inconsciencia del sueño, cerró
nuevamente la salida.
Así
durmieron.
La
siesta pasó como viento del desierto.
La
leña ya estaba apilada y el hombre se disponía a tomar mate,
cuando le recordó a la mujer:
-Es
hora que despierte al cazador.
El
chico somnoliento apareció entre la arpillera y el marco,
abrazando el muñeco de plástico.
El
perro atado saltó toreando súbitamente, pero la cadena lo frenó
en seco.
La
mujer se dio cuenta del peligro que anunciaba León. Ella,
palizada por el terror, transpiraba frío, fijos los ojos en la
celda de plástico.
-¡Veni!
--le gritó-. ¡Sacale eso!
El
chico, retrocediendo a la defensiva, aferró la mano en el
cuello trunco del Superman.
Entonces
sintió el picor en un dedo y asomaron minúsculas gotitas
rojas. Con un violento revés, e hombre arrojó al suelo el muñeco.
Éste pareció vomitar en su interior al reptil que huía.
Con
decisión instintiva lo aplastó, mientras empuñaba con
amargura el filoso machete, dispuesto a cercenar el brazo como
único remedio.
Giró
suavemente al cuerpo de la víbora con la desflecada alpargata
viendo la panza blancuzca que aún latía.
-¡Falsa
había sido! -dijo y escupió el chala.
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