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Material compilado y revisado por
la educadora argentina Nidia Cobiella (NidiaCobiella@RedArgentina.com)
Domingo
Faustino Sarmiento: nació en San Juan en 1811. Es
uno de los hombres polémicos de la historia argentina. Fue un
autodidacta, y considerado el mayor prosista, ensayista del S.
XIX. Es el Maestro por antonomasia. Fundó periódicos,
desde los cuales planteó sus ideas y usó de tribuna para acusar
lo que él consideraba injusto, o para plantear sus ideas políticas
y atacar con la pluma a sus enemigos (especialmente al Gobierno de
Rosas). Fue Presidente de la Nación (1868-1874). Realizó
numerosas obras de adelanto cultural y educacional. Falleció en
Paraguay en 1888 (11/09). El día 11 de septiembre, se conmemora
en Argentina el "Día del Maestro", en recuerdo de este
gran educador. Entre sus obras, se encuentran "Facundo o
Civilización y Barbarie" (1845), "Recuerdos de
Provincia" (1850), "Viajes por Europa, África y América"
(1849-1851), "Argirópolis" (1950), "Diario de
Campaña del Ejército Grande" (1852), "De la educación
popular" (1849).
Se
presentan aquí dos textos pertenecientes al Capítulo II
(Originalidad y caracteres de los argentinos) del libro
"Facundo" o "Civilización y barbarie". Allí
Sarmiento habla del gaucho y distingue cuatro categorías:
el rastreador, el gaucho cantor, el baqueano y el gaucho malo.
EL RASTREADOR
El más
conspicuo de todos, el más extraordinario, es el rastreador.
Todos los gauchos del interior son rastreadores. En llanuras tan
dilatadas, en donde las sendas y caminos se cruzan en todas
direcciones, y los campos en que pacen o transitan las bestias
son abiertos, es preciso saber seguir las huellas de un animal,
y distinguirlas de entre mil, conocer si va despacio o ligero,
suelto o tirado,
cargado o de vacío: ésta es una ciencia casera y popular. Una
vez caía yo de un camino de encrucijada al de Buenos Aires, y
el peón que me conducía echó, como de costumbre, la vista al
suelo: "Aquí va -dijo luego- una mulita mora muy buena...;
ésta es la tropa de don N. Zapata..., es de muy buena silla...,
va ensillada..., ha pasado ayer...".
Este
hombre venía de la Sierra de San Luis, la tropa volvía de
Buenos Aires, y hacía un año que él había visto por última
vez la mulita mora, cuyo rastro estaba confundido con el de toda
una tropa en un sendero de dos pies de ancho. Pues esto, que
parece increíble, es con todo la ciencia vulgar, éste era un
peón de árrea y no un rastreador de profesión. ,
El
rastreador es un personaje grave, circunspecto, cuyas
aseveraciones hacen fe en los tribunales inferiores. La
conciencia del saber que posee le da cierta dignidad reservada y
misteriosa. Todos le tratan con consideración: el pobre, porque
puede hacerle mal, calumniándolo o denunciándolo; el
propietario porque su testimonio puede fallarle. Un robo se ha
ejecutado durante la noche: no bien se nota, corren a buscar una
pisada del ladrón, y encontrada, se cubre con algo para que el
viento no la disipe. Se llama en seguida al rastreador, que ve
el rastro y lo sigue sin mirar sino de tarde en tarde, el suelo,
como si sus ojos vieran de relieve esta pisada, que para otro es
imperceptible. Sigue el curso de las calles, atraviesa los
huertos, entra en una casa y, señalando un hombre que
encuentra, dice fríamente: "¡Éste es! " El delito
está probado, y raro es el delincuente que resiste a esta
acusación.
Para
él, más que para el juez, la deposición del rastreador es la
evidencia misma: negarla sería ridículo, absurdo. Se somete,
pues, a este testigo, que considera como el dedo de Dios que lo
señala. Yo mismo he conocido a Calíbar, que ha ejercido, en
una provincia, su oficio, durante cuarenta, años consecutivos.
Tiene ahora, cerca de ochenta años: encorvado por la edad,
conserva, sin embargo un aspecto venerable y lleno de dignidad.
Cuando le hablan de su reputación fabulosa, contesta: Ya no
valgo nada; ahí están los niños".
Los
niños son sus hijos, que han aprendido en la escuela de tan
famoso maestro. Se cuenta de él que, durante un viaje a Buenos
Aires, le robaron una vez su montura de gala. Su mujer tapó el
rastro con una artesa. Dos meses después, Calíbar regresó,
vio el. rastro, ya borrado e inapercibible para otros ojos, y no
se habló mas del caso. Año y medio después, Calíbar marchaba
cabizbajo por una
calle de los suburbios, entra a una casa y encuentra su montura
ennegrecida ya y casi inutilizada por el uso. ¡Había
encontrado el rastro de su raptor, después de dos años! El año
1830, un reo condenado a muerte se había escapado de la cárcel.
Calíbar
fue encargado de buscarlo. El infeliz, previendo que sería
rastreado, había tomado todas las precauciones que la imagen
del cadalso le sugirió. ¡Precaucionea inútiles! Acaso sólo
sirvieron para perderle, porque comprometido Calíbar en su
reputación, el amor propio ofendido le hizo desempeñar con
calor, una tarea que perdía a un hombre, pero que probaba su
maravillosa vista. El prófugo aprovechaba todos los accidentes
del suelo para no dejar huellas; cuadras enteras había marchado
pisando con la punta del pie; trepábase en seguida a las
murallas bajas, cruzaba un sitio y volvía para atrás; Calíbar
lo seguía sin perder la pista.
Si
le sucedía momentáneamente extraviarse; al hallarla de nuevo,
exclamaba: " ¡Dónde te mi as dir! Al fin llegó a
una acequia de agua, en los suburbios, cuya corriente había
seguido aquél para burlar al rastreador... ¡Inútil! Calíbar
iba por las orillas sin inquietud, sin vacilar. Al fin se
detiene, examina unas yerbas y dice: "Por aquí ha salido;
no hay rastro, pero estas gotas de agua en los pastos lo
indican". Entra en una viña: Calíbar reconoció las
tapias que la rodeaban, y dijo: "Adentro está".
La
partida de soldados se cansó de buscar, y volvió a dar cuenta
de la inutilidad de las pesquisas. "No ha salido" fue
la breve respuesta que, sin moverse, sin proceder a nuevo
examen, dio el rastreador. No había salido, en efecto, y al día
siguiente fue ejecutado. En 1831, algunos presos políticos
intentaban una evasión: todo estaba preparado, los auxiliares
de fuera, prevenidos. En el momento de efectuarla, uno dijo:
"¿Y Calíbar? " -"¡Cierto! "- contestaron
los otros, anonadados, aterrados-. ";Calíbar! " Sus
familias pudieron conseguir de Calíbar que estuviese enfermo
cuatro días, contados desde la evasión, y así pudo efectuarse
sin inconveniente.
¿Qué
misterio es éste del rastreador? ¿Qué poder microscópico se
desenvuelve en el órgano de la vista de estos hombres? ¡Cuán
sublime criatura es la que Dios hizo a su imagen y semejanza!
EL BAQUEANO
Después
del rastreador, viene el baqueano, personaje eminente y que
tiene en sus manos la suerte de los particulares y de las
provincias. El baqueano es un gaucho grave y reservado, que
conoce a palmos, veinte mil leguas cuadradas de llanuras,
bosques y montañas. Es el topógrafo más completo, es el único
mapa que lleva un general para dirigir los movimientos de su
campaña. El baqueano va siempre a su lado. Modesto y reservado
como una tapia, está en todos los secretos de la campaña; la
suerte del ejército, el éxito de una batalla, la conquista de
una provincia, todo depende de él.
El
baqueano es casi siempre fiel a su deber; pero no siempre el
general tiene en él plena confianza. Imaginaos la posición de
un jefe condenado a llevar un traidor a su lado y a pedirle los
conocimientos indispensables para triunfar. Un baqueano
encuentra una sendita que hace cruz con el camino que lleva: él
sabe a qué aguada remota conduce; si encuentra mil, y esto
sucede en un espacio de cien leguas, él las conoce todas, sabe
de dónde vienen y adónde van. Él sabe el vado oculto que
tiene un río, más arriba o más abajo del paso ordinario y
esto en cien ríos o arroyos; él conoce en los ciénagos,
extensos, un sendero por donde pueden ser atravesados sin
inconvenientes, y esto en cien ciénagos distintos.
En
lo más oscuro de la noche en medio de los bosques o en las
llanuras sin limites, perdidos sus compañeros, extraviados, da
una vuelta en circulo de ellos, observa los árboles; si no los
hay se desmonta se inclina a tierra, examina algunos matorrales
y se orienta de la altura en que se halla, monta en seguida y
les dice para asegurarlos*: "Estamos en dereceras de tal
lugar, a tantas leguas de las habitaciones; el camino ha de ir
al Sur" y se dirige hacia el rumbo que señala, tranquilo,
sin prisa de encontrarlo y sin responder a las objeciones que el
temor o la fascinación sugiere a los otros.
Si
aun esto no basta, o si se encuentra en la pampa y la oscuridad
es impenetrable, entonces arranca pastos de varios puntos huele
la raíz y la tierra, las masca y, después de repetir este
procedimiento varias veces, se cerciora de la proximidad de algún
lago, o arroyo salado, o de agua dulce, y sale en su busca para
orientarse fijamente. El general Rosas, dicen, conoce, por el
gusto, el pasto de cada estancia del sur de Buenos Aires.
Si
el baqueano lo es de la pampa, donde no hay caminos para
atravesarla, y un pasajero le pide que lo lleve directamente a
un paraje distante cincuenta leguas, el baqueano se para un
momento, reconoce el horizonte, examina el suelo, clava la vista
en un punto y se echa a galopar con la rectitud de una flecha,
hasta que cambia de rumbo por motivos que sólo él sabe, y,
galopando día y noche, llega al lugar designado.
El
baqueano anuncia también la proximidad del enemigo, esto es,
diez leguas, y el rumbo por donde se acerca, por medio del
movimiento de los avestruces, de los gamos y guanacos que huyen
en cierta dirección. Cuando se aproxima observa los polvos y
por su espesor cuenta la fuerza: "Son dos mil hombres"
-dice-, "quinientos", "doscientos", y el
jefe obra bajo este dato, que casi siempre es infalible Si los cóndores
y cuervos revolotean en un círculo del cielo, él sabrá decir
si hay gente escondida, o es un campamento recién abandonado, o
un simple animal muerto.
El
baqueano conoce la distancia que hay de un lugar a otro; los días
y las horas necesarias para llegar a él, y a más, una senda
extraviada e ignorada, por donde se puede llegar de sorpresa y
en la mitad del tiempo así es que las partidas de montoneras
emprenden sorpresas sobre pueblos que están a cincuenta leguas
de distancia que casi siempre las aciertan. ¿Creeráse
exagerado? ¡No! El general Rivera, de la Banda Oriental, es un
simple baqueano que conoce cada árbol que hay en toda la
extensión de la República del Uruguay.
No
la hubieran ocupado los brasileros sin su auxilio; no la
hubieran libertado, sin él, los argentinos. Oribe, apoyado por
Rosas, sucumbió después de tres años de lucha con el general
baqueano, y todo el poder de Buenos Aires hoy, con sus numerosos
ejércitos que cubren toda la campaña del Uruguay, puede
desaparecer, destruido a pedazos, por una sorpresa hoy, por una
fuerza cortada mañana, por una victoria que él sabrá
convertir en su provecho, por el
conocimiento de algún caminito que cae a retaguardia del
enemigo, o por otro accidente inapercibido o insignificante.
El
general Rivera principió sus estudios del terreno el año de
1804: y haciendo la guerra a las autoridades, entonces, como
contrabandista; a los contrabandistas, después, como empleado;
al rey, en seguida, como patriota; a los patriotas, más tarde,
como montonero; a los argentinos, como jefe brasilero; a éstos,
como general argentino; a Lavalleja, como Presidente; al
Presidente Oribe, como jefe proscripto; a Rosas, en fin, aliado
de Oribe, como general oriental, ha tenido sobrado tiempo para
aprender un poco de la ciencia del baqueano.
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